Este pueblo es ahora un museo

Sara R. Estella PEKÍN

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Sara R. Estella

Pekín promociona el turismo rural vaciando de sus habitantes aldeas enteras

15 dic 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

En cada grieta que el tiempo ha surcado en las manos menudas y hábiles de Song Hua se lee la tradición de Huangling. Ella, como todas las ancianas de esta aldea milenaria, separa y coloca con delicadeza los crisantemos, las guindillas y las calabazas sobre enormes planchas circulares que dejará secar a la intemperie. Esta costumbre agrícola, que ha sido el modo de vida de sus habitantes generación tras generación, aporta un colorido extraordinario a la sobria arquitectura de sus casas y, desde hace años, ha convertido a este remoto lugar del sureste de China en un paraíso para los fotógrafos.

Ese atractivo, sin embargo, ha supuesto el fin de este pueblo. Al menos, tal y como fue hasta hace cinco años. Fue entonces cuando un empresario especialista en el sector turístico, Wu Xiangyang, impresionado por las fotos que varios amigos suyos le mostraron de Huangling, decidió convertirlo en una mezcla entre un museo etnográfico y un resorte. Para ello se adjudicó todas las casas y trasladó a sus habitantes a varios kilómetros del pueblo a cambio de dotarles de unas viviendas nuevas, cobertura sanitaria y un salario fijo por acudir cada día a realizar los oficios que hasta entonces les daban de comer. Dicho de otra forma, Huangling es ahora un escenario bucólico con casas vacías y sus lugareños, gente modesta y mayor como Song Hua, se han convertido en meros figurantes que se ganan la vida distrayendo a los turistas.

«Todos salen ganando. El pueblo está mejor conservado, atrae a muchos turistas y los habitantes viven mejor», explica el empresario Wu Xiangyang a La Voz. «Es el pueblo más bonito de China», asegura mientras cuenta orgulloso que ha reconstruido más de trescientas viviendas y que a principios del próximo año abrirá sus puertas un hotel de cinco estrellas.

Este avispado empresario ha invertido más de 65 millones de euros en este proyecto y asegura que desde que enero abrió sus puertas han visitado el pueblo cerca de 200.000 turistas. La entrada cuesta 18 euros, una cantidad que resulta cara para un ciudadano medio en China, y solo una décima parte de la recaudación se reparte entre los antiguos habitantes de Huangling. Esto y el hecho de que nadie les pidiera opinión antes de iniciar la reconversión de su pueblo ha generado cierto malestar en algunos de sus vecinos.

Es el caso de Chao Desheng. Apoyado en el mango de su azada observa a un grupo de turistas que aprende a hacer pasteles de arroz tradicionales a pocos metros de la huerta que le toca custodiar. De vez en cuando remueve la tierra sin mucho ímpetu porque sabe que su salario no depende de la cantidad de verduras que produzca. «Esto es una mentira. Nos mandaron a vivir al pie de la montaña en unas casas nuevas y aquí, en nuestro pueblo, ya no vive nadie. Nos pagan diez yuanes al día [algo más de un euro y medio] por venir a hacer como que trabajamos y poco más», explica con resignación.

Si funciona «este experimento», como el propio empresario lo llama, repetirán la fórmula en otros parajes rurales de la basta geografía china. Esta es la última ocurrencia puesta en marcha en el gigante asiático para buscar nuevos ganchos con que llenar los pueblos de turistas, aunque para eso haya que vaciar los de habitantes.