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El educador ambiental Antón Lois se hizo cargo de un galgo que apareció famélico en el coto de Doñana
23 nov 2014 . Actualizado a las 04:00 h.En casa de Antón Lois vivir rodeados de animales forma parte de la tradición familiar desde hace varias generaciones. «Es algo que mamé durante toda mi infancia, sobre todo durante los largos veranos en el pueblo», recuerda.
Pero apunta un matiz: «Amor por los animales, sí, pero nunca fue aquello una sucursal de la selva. Cada uno está donde debe estar, los hay que son domésticos y nos les causa ningún trauma vivir con las personas y a los silvestres hay que dejarlos donde están felices».
Lois, educador ambiental en la cooperativa Teixugo y coordinador de la oenegé Amigos da Terra, creció rodeado de canes, casi todos recogidos de la calle. «La primera fue Perla, una palleira muy viejita que estaba en casa de mis abuelos, en Covelo», cuenta.
El último que tuvo era otro mil leches llamado Oso, que se murió con 14 años. «Hay gente que cuando le pasa algo así, en lugar de pensar en el tiempo maravilloso que ha compartido con su perro solo se acuerda de sus últimos días, del dolor desgarrador que supone perderlo ya no quieren más». Lois es de los primeros, una vez pasado el duelo ya estaba deseando ir a la protectora a por otro cuando surgió la idea de incorporar un galgo a su currículo perruno. «Fue casualidad. Puestos a adoptar a uno que las haya pasado especialmente canutas, dentro de esa tremenda escala de la tortura, en general el nivel de atrocidades que les hacen a los galgos son terroríficas», lamenta. Así que junto su compañera decidió acudir a una de las asociaciones que se dedican a rescatarlos, no sin antes sopesar muy seriamente lo que iban a hacer. Se pusieron en contacto con SOS Galgos, que funciona a nivel estatal y tiene su sede central en Cataluña aunque les llegan de todo el país.
«Son muy serios, nos hicieron un interrogatorio exhaustivo. Nos enseñaron varias fichas de los que podían encajar y nos decidimos por Teo. Tenía entonces 7 u 8 meses, lo habían encontrado en Doñana y estaba en las últimas, muerto de hambre, aunque tenía síntomas de haber sido maltratado y sospechaban que como era muy grande, un cazador furtivo lo habría abandonado porque su tamaño se traduciría en un ejemplar lento que no sirve», argumenta. Teo llegó a su casa hace tres años en un envío a través de una empresa de transportes. «Cuando salió de la caja parecía un transformer. Empezó a desplegarse y no dábamos crédito. Estirado debe medir 1,80 metros», calcula. Pero pronto todos se acomodaron. «La convivencia te rompe muchos tópicos. Los ves corriendo y te imaginas que en un piso lo van a pasar fatal. Error». Antón Lois asegura que tienen dos posiciones: «correr y dormir. Hay alguna fase intermedia, pero irrelevante», señala con sorna. «La primera vez que Teo llegó a las 12 horas durmiendo nos preocupamos. Ahora ya no. El récord está en 13 horas y media, pero puede caer en cualquier momento», advierte sobre su perro, que es «muy sociable y nunca se ha peleado con otro», presume.
«Los galgos no tienen nada de grasa y al correr queman toda la energía. Son muy fuertes, pero delicados en ciertos aspectos. Por ejemplo, la piel. Su nivel de oxígeno en sangre es muy alto y las heridas tardan en cicatrizar y cuando corren se meten cada leñazo tremendo», indica Lois, añadiendo que lo fundamental que hay que asumir es que no vale con sacarlo a pasear, necesita correr. «Por eso hay que buscarse la vida y salir del entorno urbano de Vigo. Nosotros vamos mucho al monte, tanto por trabajo como por placer, pero si sabes que no vas a poder soltarlo, mejor no te comprometas», afirma.