La postura adoptada por los partidos políticos tradicionales ante los últimos sondeos, por lo menos de forma pública, me recuerda a cuando de jóvenes nos encomendábamos a la llegada del anticiclón de las Azores que Mariano Medina nos hacía ver como sinónimo del buen tiempo. Una esperanza compartida por todos después del frio invierno y la inestable primavera. Aburridos de lluvia y viento, ante las inminentes vacaciones escolares de verano, suspirábamos por una meteorología favorable a nuestras ganas de playa y a las primeras verbenas. Era un deseo pasivo, pues no dependía de nosotros.
Pero yo no me creo que de puertas adentro mantengan esa indolencia, ese rictus entre la sorpresa y la cara inocente de quien no ha roto un plato. De lo contrario estaríamos hablando del colmo de la necedad. Y vale que bastantes trinquen, muchos sean incompetentes y la mayoría se agarren al puesto como lapas. Pero de tontos, la mayoría, tienen lo justo. Por eso creo que hay movimiento. También aumenta el cabreo y las voces de los que no están pringados. Se intentan rebelar contra el propio espíritu de sus partidos, ese que nos ha conducido a esta crisis del sistema: los aparatos, sus élites y clanes, laminan a quien disiente. La crítica, la denuncia y la contraposición de ideas se hacen a los demás partidos; nunca en la propia casa. Por eso España va camino de emular a países que considerábamos subdesarrollados, que sufrían los vicios de sistemas políticos endogámicos. De rondón -propiciado por los que mandan de verdad- nos colaron un sistema más cercano a México que a Noruega.
Ahora, a esos mismos que mecen la cuna, les han saltado todas las alarmas ante el más que previsible revolcón que anuncian las encuestas para las próximas citas electorales. Y no duden que moverán sus marionetas. Primero es posible que se filtren datos que anuncien un cambio de tendencia más drástico del real. El objetivo es recuperar a los que simplemente quieren dar un voto de castigo, pero que al final se arrugarían ante un posible gobierno de Podemos. Por otra parte echarán más leña en sus fogones mediáticos, si ya no es poca la intoxicación a la que someten a la sociedad a buen seguro que se incrementará con noticias, chismorreos, rumores y embustes. Se abrió la veda. No pueden permitir que alguien que no depende de ellos, a quien no tienen cogido por el cuello, llegue al poder: ¡Peligra el negocio!
Lo que no harán -sería lo más fácil y, sobre todo, lo coherente- es cambiar su proceder. Airear y democratizar sus partidos, cumplir con los ciudadanos y potenciar su participación, ser transparentes, despolitizar las instituciones, clarificar los procesos, aumentar los recursos y garantizar la independencia de los organismos de control, eliminar las patentes de corso a ciertos poderes fácticos y establecer normas éticas de tolerancia cero para los representantes públicos.
En todo caso, lo que sí parece irreversible es el movimiento de la sociedad. Y por ahora se está produciendo de modo sosegado, que dice mucho de nuestra madurez.