No es que una piense que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ni mucho menos. El mundo siempre avanza en términos absolutos, aunque no lo aparente en alguna escala relativa. Otra cuestión son los recuerdos agradables de una época pasada, vistos siempre con la condescendencia que otorga el paso del tiempo; un bálsamo que dulcifica lo amargo y engrandece lo pequeño.
Me sobreviene esta reflexión cuando me comentan que ha muerto un boirense que para una, respetando a todos los demás, ha situado a este municipio en el mapa del humor y la cara más amable de la vida: José Fernández Lojo, O Candocho. Hombre de espigada figura, sempiterno bigote y exacerbado ingenio, de discurso entreverado y pausado; encantador de sueños ajenos. Mil y una son sus anécdotas que, a pesar de su historial cada vez más grueso, seguían cautivando -y engañando- a muchos. Eran tiempos más sencillos, de peseta y patacón. De cuando la palabra era dinero y el dinero solo una ilusión.
Al calor de las tertulias del Oasis (local de referencia durante varias décadas en Boiro) apareció una quiniela ganadora, festejada de forma adecuada por los supuestos agraciados; especialmente por Benigno, anfitrión y personaje muy entrañable. Y en Escarabote creció -¡y de qué forma!- una serpiente gigantesca que durante cierto tiempo atemorizó a sus vecinos. Pero quizás su mayor «embarque», el que consagró a nivel nacional a O Candocho, fue el realizado en el frio enero de 1977. En aquellos tiempos de esperanza y resurgir, donde todo estaba por hacer, este enjuto personaje dio forma a una ilusión colectiva: unos puestos de trabajo de ensueño lejos de un país que quería y todavía no podía.
Como las hormigas a un pastel acudieron muchos hombres de la comarca y más allá. Lista de espera más grande que la de la Seguridad Social actual, secretaria, pasaportes exprés y espantada de puestos de trabajo de toda la vida. José aguantó su embuste hasta el final, forjando leyenda teléfono en mano en el aeropuerto de Lavacolla. Abrió telediarios y tuvo eco en los medios nacionales. Después vino un retiro voluntario en la capital, para que amainase el temporal. Y como poso quedó una canción y una murga que mantuvieron viva la hazaña hasta hoy.
Hubo una vez personas como O Candocho. Eran tiempos sencillos, de gentes humildes y sin tanto ladrón. Eran momentos de trascendencia histórica para un país que despertaba de una larga pesadilla, pero que se vivían de forma austera, con lo puesto y sin oportunismos. Una época dura donde alguien tuvo tiempo para orquestar una comedia divina, para grabar de forma indeleble un sainete en la historia de Boiro. Y lo hizo a la vieja usanza, para diversión de propios y extraños, que si fuese hoy seguro sería un nuevo latrocinio.
Por todo eso, solo decir: ¡gracias maestro! Al alcalde de Boiro digo que pocos motivos veo más adecuados para arriar las banderas unas cuartas, que a buen seguro sí lo harán por otros que ni merezcan unos centímetros. Y que se cuide San Pedro si estos días le proponen volver a la pesca con opíparo salario y mejores condiciones que de portero. D.E.P.