Un Marco Polo vigués

Adolfo Quicler se propone llegar de Vigo a China valiéndose solo de su bicicleta

Á. P.
vigo / la voz

Como Polo, Adolfo Quicler ha emprendido una alocada aventura. Es vigués, de los de Celtiña y Estrella Galicia domingo sí, domingo también. El viaje que inició hace casi dos meses lo llevará desde Vigo a China sirviéndose solo de su bicicleta. A sus más allegados no les sorprendió en su momento, conocedores de ese espíritu indómito que emerge de él, un tipo inquieto dispuesto a descubrir el mundo detrás de cualquier esquina.

El motivo de su viaje, dice, es tan simple como obvio: «Lo hago porque puedo hacerlo. Teniendo recursos, ¿qué te impide vivir experiencias como esta? Debes lanzarte». Emplea una vieja bicicleta que encontró por casa. Es una de esas sin amortiguación, frenos hidráulicos ni demás lujos para puristas. Rueda. Eso le basta a Adolfo.

Seducido por la aventura, solo dudó una vez en desistir del viaje: «Fue en Portomarín, casi al empezar. Me empezaron a doler las rodillas y los tendones, que aquello no era normal. Pero luego pensé: ?Como vuelva ahora a casa me va a caer un vacile...?».

Su carácter abierto y dicharachero le ha ayudado a lo largo del viaje, sobre todo a la hora de comunicarse. «Yo les hablo a todos en mimo», comenta por teléfono desde Montenegro, mientras narra cómo le explicó al dueño de un bar en Croacia que necesitaba ir al baño.

«Estoy llevando una vida casi de monje cartujo -afirma-. Me levanto pronto, preparo la bici y sigo tirando». Pese a todo, su jornada no es siempre exactamente la misma: «Hay días que me lío y me quedo tomando algo y hablando con cualquiera». Como buen mochilero, gusta de dormir al aire libre, lo cual hace casi siempre. «Paso tantas noches en el monte que ya parezco Curro Jiménez, pero es algo que me encanta. Me da la vida», apunta.

53 días hacia Pekín

Marco Polo escribió a su vuelta El libro de las maravillas. Se convertiría en un manual de referencia para los viajeros de su época. Quizás Adolfo no escriba nada, pero un buen amigo narra sus andanzas en el blog www.adolfoquiclerdevigoachina. blogspot.com.es.

Él sugiere otra forma de vivir la vida: lo importante no está en la distancia recorrida a diario, sino más bien en seguir avanzando. Para Adolfo la llegada no es la meta. El propio viaje, que vive con la mirada de un niño que lo redescubre todo, es un fin.

En el año 1271 dos mercaderes venecianos iniciaron uno más de sus viajes hacia el lejano Oriente. Marco, el hijo de uno de ellos, les acompañó en la travesía. El objetivo: alcanzar la corte del Gran Khan, emperador de Mongolia, cuyos dominios se extendían a la China. Marco, de apellido Polo, permanecería 17 años al servicio del emperador tras el largo viaje. A la muerte de este, volvería a Venecia en el año 1295.

En su periplo, y van 53 días, está viviendo todo tipo de experiencias. Una noche, en una playa del sur de Francia, aparecieron varios inmigrantes. «Venían de Italia, escapando desde Túnez. Compartí mi cena con ellos, durmieron y se marcharon a primera hora. Más tarde llegó la policía buscándoles. Es frustrante, porque para mí el mundo es completamente redondo. Puedo ir adonde quiera, cuando quiera. Y ellos tienen que jugarse la vida para poder vivir», se lamenta.

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