A Lanzada fue un centro comercial muy activo durante 1.400 años. Entre los años 800 antes de Cristo y 600 de nuestra era fue una pieza clave del comercio porque cumplía con los requisitos básicos: tradición de intercambio comercial a media y larga distancia, un carácter liberal, neutralidad política y una situación geoestratégica envidiable.
Las escala de rutas marítimas se combinaba con vías de comunicación por tierra. Su cercanía a recursos económicos importantes, como las minas de estaño y las salinas, permitieron a A Lanzada esa independencia política, sin estar supeditada a ninguna población o imperio. Se concentró allí gran parte del comercio con las actuales Marruecos, Túnez, Grecia o Turquía, lo que llevó a A Lanzada a ser un gran referente comercial durante quince siglos, hasta su ocaso, hacia el siglo V después de Cristo.
Sucumbió el poblado abierto al mundo a través del comercio y las relaciones con otros pueblos se cambiaron por los muros de la fortaleza. Desapareció el puerto y se levantaron estructuras de defensa para luchar contra sarracenos, germánicos y vikingos.
Todo ello se pudo concluir tras someter el castro de A Lanzada a una excavación en la que se catalogaron miles de piezas. Entre ellos monedas romanas, enmangues de puñal, bronces, ánforas y vidrios romanos, pesas de red, restos óseos y cerámica castreña, púnica, íbera y romana.
Una gran estructura central con dos niveles en terrazas con vistas a la ría dan cuenta de que la zona era utilizada para grandes encuentros. Los antiguos moradores de A Lanzada disponían de embarcaciones de tamaño variado en función de la distancia a la que pretendían navegar y el tipo de pesca que iban a practicar.
«A pegada da cultura fenicio-púnica nas Rías Baixas é patente en case todos os xacementos arqueolóxicos investigados», explican desde la Diputación de Pontevedra, donde están inmersos en un plan para hacer que estos, además de ser un recurso cultural, sean un atractivo turístico.