I+D entre dos trozos de pan

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

FIRMAS

M.MORALEJO

José Amoedo y Lourdes Lusquiños comenzaron con un pequeño local alimentando con imaginación las noches de la movida. Al crecer, a la empresa se incorporó su hija Marta

27 abr 2014 . Actualizado a las 06:00 h.

Cuando a principios de los 80 el matrimonio de Soutomaior formado por José Amoedo y Lourdes Lusquiños decidieron emprender un modesto negocio de venta de bocadillos en un minúsculo recuncho en la calle Venezuela, no imaginaban que crecería hasta convertirse en una cadena que hoy cuenta con sedes en el centro comercial Gran Vía, en el campus de la Universidad, en el barrio de Navia y en A Ramallosa.

El éxito de la empresa se debe, por una parte, a la capacidad de innovar en un sector que, cuando ellos empezaron, estaba completamente estancado en el bocata de fiambre con queso y poco más. Sus bocadillos empezaron a incorporar en Vigo el I+D+i, correspondiendo esta última vocal a la i de imaginación a la hora de ir aumentando su carta. La otra parte de su éxito ha sido saber crecer con medida, para poder seguir ofreciendo calidad con sello personal.

José estaba en una empresa que dio en quiebra e incluso estuvo un tiempo cantando bolas en un bingo. Su mujer fue empleada de Álvarez hasta que la fábrica cerró y juntos decidieron coger el traspaso del local original. «Lo llevaban unos chicos argentinos, abría solo el fin de semana y ya se llamaba Papos», recuerda su hija Marta, que se integró en la empresa cuando al ampliarse los padres ya no daban abasto. «Yo estudié Enfermería y ejercí durante 9 años, pero como esto me gustaba decidí dejarlo», explica.

Al principio el beneficio era escaso, por eso él lo alternaba con otro trabajo y solo Lourdes se dedicaba a tiempo completo. Ya entonces nació uno de los míticos bocadillos de su carta, al que bautizó con su nombre.

José, que había coqueteado con la hostelería en Tenerife en los años 70, ya se había dado cuenta de que Galicia estaba a años luz de lo que se podía hacer en un gremio muy poco evolucionado que temblaba al meter un esparrago o un pimiento del piquillo en el pan.

La puesta en marcha del Papos coincidió en plena movida viguesa, con los bares de la calle Finisterre y clubes como el Satchmo y El Malecón a un paso. «Teníamos una cola llena de modernos, punkis y rockeros. Nos ayudó un montón, fue un gran momento. Yo tenía 8 o 9 años, bajaba a por mi bocata y alucinaba». En aquella época también bullía de actividad Castrelos con conciertos y, además del público, los responsables del Papos tenían de clientes a músicos como Alberto Comesaña, Julián Hernández, Pablo Carbonell, Teo Cardalda (que aún lo sigue siendo) o el entonces alcalde Manoel Soto, que acudía con sus hijas a recoger sus pedidos.

A diferencia de la corriente musical, el Papos sobrevivió a todo aquello. Unos años después se amplió algo más, no solo con los locales sino con la carta de 15 bocatas que actualmente roza el medio centenar. «Ahora tenemos ensaladas, platos combinados, pizzas y hemos incorporado una gama de comida vegano-vegetariana que nos está dando bastante vidilla», cuenta. La idea de añadir esta oferta fue suya al sufrir ella misma la limitada variedad en el sector hostelero no especializado. «Trabajamos con Divina Teresa, una empresa viguesa radicada entre Barcelona y Amsterdam que tienen muy buen producto», asegura. Pero las ideas no paran de bullir. Tras las hamburguesas premium «de pura carne», advierte, que les sirven cada semana de Valladolid, la última incorporación ha sido el famoso bagel americano. «Mi gran idea para el año que viene es que me acepten en la Asociación Española del Gluten para hacer una gama de comida para celíacos», añade.

«Fuimos atrevidos y lo seguimos siendo, nos gusta innovar y muchas ideas las trajimos de nuestros viajes», recuerda José.

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