Los primeros brotes verdes de Vigo

Begoña Rodríguez Sotelino
Begoña R. Sotelino VIGO / LA VOZ

FIRMAS

FÁTIMA DAPENA

Beatriz Gómez tuvo que partir de cero en un sector de la hostelería y la cocina que no tenía tradición y se lanzó a la aventura de intentarlo a base de buscar por toda España

02 mar 2014 . Actualizado a las 06:00 h.

Cuando el Gálgala abrió sus puertas en Vigo el vegetarianismo era una quimera que se hacía realidad en lugares lejanos. «Fue una aventura, no había precedentes y partíamos de cero», recuerda Beatriz Gómez Cerdeira, propietaria del primer restaurante vegetariano de Vigo, que cumple ya un cuarto de siglo de historia. La emprendedora viguesa inició aquel proyecto junto al madrileño Carlos Afora, que como recuerda, «se retiró hace 8 o 9 años y me quedé yo sola al frente del negocio».

Beatriz regentaba la tienda de antigüedades Trastévere justo enfrente de la pequeña edificación de piedra que alberga el restaurante. «Le teníamos echado el ojo a aquella casita verde que era la vivienda de una señora que había sido anticuaria. Y en cuando hubo oportunidad, nos hicimos con el local en el que tuvimos que hacer muchas reformas para convertirlo en un restaurante».

Pero su principal problema no era ese. Beatriz y Carlos, vegetarianos ambos, soñaban con un lugar donde se ofreciera algo más creativo y sabroso que sándwiches vegetales y ensaladas de lechuga, tomate, atún y cebolla, que era prácticamente la única oferta de entonces. «Antes de abrir nos fuimos por toda España buscando dónde surtirnos de productos biológicos y ecológicos, no había nada. El tofu no lo conocía nadie y el pan integral tampoco se trabajaba. Al principio lo traíamos de un horno de Ávila que se llamaba El Mogollón. Fue difícil pero muy divertido», recuerda de una época en la que no existía Internet ni la facilidad actual para hacer pedidos en cualquier parte del mundo.

En el sector de la cocina tampoco había costumbre de preparar platos elaborados prescindiendo de la carne, así que en este apartado también hubo que saltar sin red. «Ni siquiera había libros de recetas vegetarianas», apunta Beatriz, que se puso a la tarea echándole imaginación y ganas. «Empecé cocinando yo pero por un problema físico lo tuve que dejar», lamenta. Por eso desde hace tiempo dejó los fogones en manos de Montse y Geni además de contar con la ayuda de Yolanda en sala.

La marcha de Carlos no generó cambios en la filosofía culinaria que establecieron desde sus inicios, y que Beatriz resume como «crear un espacio que ofreciese cocina casera, sana y rica, como si la hiciésemos para una familia numerosa», lo cual era casi literal, ya que empezaron con cuatro mesas y más tarde ampliaron su capacidad con el local colindante. En aquella mínima extensión también tenían ya el rincón habilitado «en plan tienda de pueblo, porque de paso nos servía como almacén, que no teníamos» en el que siguen despachando productos ecológicos que ahora conforman un catálogo abundante.

Lo que sí creció al quedarse sola Beatriz fue el espíritu artístico. En el Gálgala, además de albergar exposiciones de pintura, aunque por las noches solo abren viernes y sábados, organizan un miércoles al mes una cena con espectáculo con actuaciones musicales o teatrales. La última, esta misma semana, corrió a cargo de Cándido Pazó. Además, tienen un concurso de relatos breves con unas bases cargadas de humor y periodicidad bimensual. «El premio es una cena para dos y el relato seleccionado se incluye en la carta y en la página web», indica.

Otro cambio sustancial desde que el restaurante se plantó a los pies del Concello de Vigo es el despegue de un barrio en el que durante años reinó un ambiente de marginalidad que ahora pierde fuelle contra un área que normaliza su vida cotidiana. «Se nota el cambio, se están instalando muchos negocios alternativos, que lejos de ser competencia, nos complementan», afirma.