José Rivera relevó a su padre al frente de la tienda de alimentación en el corazón del Casco Vello. Hoy lucha contra la dura competencia, añadiendo a su oferta productos gourmet
16 feb 2014 . Actualizado a las 06:00 h.«El olor. Eso es lo que caracteriza a las tiendas de toda la vida. Los supermercados no huelen a nada», dice José Rivera Novoa, hijo del fundador de Alimentación Rivera, hace más de medio siglo. Por aquel entonces ya era una tienda de ultramarinos, La Piedra, se llamaba, y como recuerda el patriarca, José Rivera Cousiño, todo lo que tenía dentro para vender cabía en el espacio que ahora ocupa un cajón debajo del escaparate, porque antes la mercancía era escasa: azúcar, aceite, arroz, legumbres, harina... y todo en sacas que se vendían a granel. «Yo dormí muchas veces en sábanas hechas con sacos de azúcar, porque era una tela de algodón muy buena», recuerda el hijo.
El local se reformó dos veces desde que José, natural de Maceira (Covelo) se hizo con negocio propio después de haber bregado ya desde chaval en diversos establecimientos del ramo en Vigo desde los 15 años. «Andaba con una carretilla por la calle del Príncipe llevando pedidos o yendo a buscar el racionamiento», recuerda. Empezó él con un empleado para ayudarle y así lo hizo durante años. «Se curtían aquí y después muchos de ellos se establecieron por su cuenta. Algunos aún siguen», indica.
El estilo de vida ha cambiado mucho desde los tiempos en los que la tienda que está a escasos metros de la Colegiata bullía de actividad comercial y el ajetreo generado por los emigrantes que llegaban a Vigo para embarcar y llenaban sus maletas de madera de latas de conserva antes de partir. «Antes se trabajaba mucho y los jóvenes se divertían de una forma más sana. Cuando estaba aquí mi padre, los domingos no se abría», explica el hijo. A sus 87 años, jubilado hace décadas, al fundador le sigue gustando echar una mano en el local en el que pasó media vida. Su único descendiente desarrolla su actividad de un modo muy diferente. «Ahora hay que echar muchas horas para que te compense. Antes se ganaba dinero y cuando estábamos los dos nos turnábamos para coger vacaciones. Ahora se va aguantando al límite», asegura.
«Cuando empezamos a traer aquí la fruta, hace casi 30 años, había solo tres fruterías en Vigo, la gente casi no la comía, no había costumbre. Nosotros fuimos pioneros en vender los kiwis que venían de Nueva Zelanda y costaban cien pesetas la unidad. Y recuerdo vender uvas en Fin de Año a 700 pesetas el kilo. Podías despachar más de 80 kilos. Hoy, ni 20», lamenta.
«En el Casco Vello lo que funciona es la hostelería. Curiosamente es el sector en el que la gente mira menos el dinero. En alimentación, sin embargo, son capaces de recorrer media ciudad para ahorrarse diez céntimos», apunta el comerciante, que conoce el negocio al dedillo aunque él, que sabe de los entresijos de esta profesión que mamó desde niño, tuvo antes otras experiencias laborales.
Como militar profesional viajó mucho y vivió experiencias como la Marcha Verde en el Sáhara, tras estudiar un año en la escuela de máquinas en Ferrol y embarcarse después durante dos en la fragata Cataluña. Después lo dejó porque la vida militar no iba con su carácter y y más tarde se empleó como chófer hasta que 4 años más tarde decidió trabajar con su padre en la «tienda de guardia» que con el tiempo ha ido diversificando su mercancía para luchar contra la competencia. «Tenemos todo lo básico, pero también productos gourmet como sardinas ahumadas, mermelada artesana, marrón glasé, vinos y aceites de calidad... No creo que haya establecimiento en Vigo que tenga referencias tan variadas», afirma. El heredero de Rivera tiene dos hijos y dos nietos y no parece que vayan a seguir sus pasos. «Espero y deseo que no lo hagan», asegura.
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