Cuenta atrás para un oficio

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

FIRMAS

XOAN CARLOS GIL

Gumersindo Pérez Mallo, con 44 años de experiencia, es uno de los pocos profesionales que aún quedan en la ciudad que aprendieron a trabajar con relojes mecánicos

01 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Mucho ha cambiado el perfil de una de las calles más transitadas de Vigo desde que Gumersindo Pérez Mallo, Sindo, abrió su negocio en Urzaiz. «No existía ni El Corte Inglés», recuerda, en referencia al atractivo posterior que el reclamo de los grandes almacenes supuso para todos aquellos que se encontraban en la ruta -y en la acera «buena»- hacia el entonces novedoso centro comercial. «No tenía que ver con lo que es hoy, yo no me cambio por la calle del Príncipe», asegura.

Gumersindo, que es de la parroquia de Coruxo, se inició en la profesión a los 14 años. «Por las mañanas iba a estudiar y por las tardes iba a aprender el oficio. Aquellos tiempos no eran como hoy. No te pagaban nada. Hoy los que vienen para que les enseñes te piden sueldo. Nosotros no cobrábamos y sabíamos cuándo entrábamos, pero no cuándo salíamos».

El profesional dio sus primeros pasos como relojero junto a otros dos aprendices en un taller que había en la calle Marqués de Valladares. «Yo tenía un primo allí y un día me comenta que si me interesaba meterme en el sector. Fui a ver cómo era y como tenía la opción de compaginarlo con los estudios, dije que sí». Después, él mismo enseñó a otros, entre ellos, a su cuñado, Jaime, que tiene su taller en la calle Elduayen.

Desde entonces hasta ahora el trabajo de relojero no se parece en nada a lo que era. La paulatina desaparición de las maquinarias mecánicas ha convertido su labor en una tarea tan simple que resulta aburrida para los que se curtieron en un oficio artesano que requería mucha destreza, habilidad y paciencia. «Es que todo es electrónico, antes hacíamos piezas, ahora solo tienes que cambiarlas». Pero como es de los pocos que saben hacer arreglos que ya casi nadie domina, tiene muchos clientes que acuden a él con relojes antiguos, de pulsera, de pared o de lo que sea. «¡Es un maestro!», apunta un comprador.

La otra vertiente del negocio, la joyería, tampoco está en su mejor momento. «Ahora este es un sector muerto. No se compra oro, se vende. No se hacen regalos que antes eran típicos en comuniones y bodas. Vamos tirando, pero con dificultad», lamenta.

A Gumersindo le encanta su profesión, pero considera que es demasiado arriesgada. «Ya sufrí tres episodios, entre robos y atracos, y se pasa muy mal», asegura. «Estar solo es un peligro y no merece la pena seguir arriesgando la vida, además ya estoy en edad de pensar en jubilarme». Mientras tanto, una de sus hijas, María de Mar, le ayuda y le acompaña, pero no está claro que le releve cuando él se retire.

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