Daniel Fandiño y Cristina Silva continúan la tradición iniciada por los padres de ella
03 nov 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Si existiera una enciclopedia de Vigo, la letra R tendría que incluir una entrada para el restaurante Rías Baixas, porque su parrillada de mariscos ya forma parte de la memoria colectiva de un pueblo que a pesar de la fama de sus productos del mar, pocas veces tiene al alcance la oportunidad de darse homenajes como los que se dan los turistas que nos visitan. Pero Manuel Silva llegó para solucionarlo. El hostelero compostelano montó en 1965, junto a su mujer, Carmen, su primer restaurante en García Barbón, 16. Allí se produjo la democratización de la mariscada. Por 1.500 pesetas de la época te podías poner morao. Ahora igual, pero por 31,50 euros, aunque según asegura Daniel Fandiño, «hace seis años que no subimos los precios».
Daniel es su yerno. Se casó hace 30 años con su hija, Cristina, y ambos continuaron la tradición familiar que empezó mucho antes, cuando los tres hermanos Silva se marcharon de Santiago a Vigo y se emplearon en el restaurante La Palma, al lado de la colegiata. «Después montaron el Compostelano, en A Seara, donde tocó el Gordo de la Lotería de Navidad a finales de los años 60. A mi suegro no le toco mucho, al que más le tocó fue al hermano que regresó a Santiago y el otro puso el restaurante el Danubio», cuenta.
Daniel y su mujer se curtieron en el negocio al lado de Manuel y Carmen, toda una experta en atender a la clientela. «Estuve en el primer Rías Baixas de 1982 a 1990, año en que abrimos el Rías Baixas 2 en este calle que ya no se parece a lo que era, porque estaba sin urbanizar y aquí estaba la cafetería La Paponia y había una carbonería, un taller, galpones con chatarra...», recuerda. Mientras, el suegro siguió en el emplazamiento original hasta que se jubiló en el año 2000. La buena suerte quiso que poco antes de que el colindante edificio Odriozola se viniera abajo, el hostelero ya llevara tiempo gestionando la indemnización para irse del inmueble en proyecto de reforma y preparar, de paso, su retiro.
«Mi suegro fue un currante nato que puso el marisco al alcance del obrero pero también atendía a comensales de postín», afirma. Del antiguo local, cercano al Nova Olimpia, Daniel recuerda que se trabajaba a destajo, algo que ahora ha cambiado por el «vamos tirando». E incluso para eso hay que moverse mucho.
El hostelero es consciente de que su negocio tiene fama de ser «para guiris», y aunque reconoce que en tiempos los portugueses eran «los amos todos los fines de semana», aún se llena de turistas y de vigueses por igual. Para poder ofrecer precios sin competencia tira de experiencia: «Yo ya no tengo que ir a la ribera a pelearme con nadie. Compro marisco a proveedores con los que llevo 30 años. No te engañan, son como de la familia. Y si fuera malo, no aguantábamos los 48 años que llevamos», razona. Y Daniel tampoco engaña. «Habitualmente las nécoras son de la ría y el centollo de vivero, pero por encargo, como el percebe, lo traemos de donde el cliente prefiera, eso sí, obviamente tiene otro precio», justifica.
El Rías Baixas 2 tiene visos de seguir siendo familiar. Uno de los dos hijos de la pareja, Ismael, está trabajando con ellos. Y su cuñado, Fernando, lleva el otro Rías Baixas, cerca de Areal, que acaba de modernizar y enfocar hacia el tapeo.
El emblema del restaurante es el marisco (y como recipiente para bebidas, el patentado chupicuerno), pero también tienen carne, cocido, lacón con grelos y menú del día. Y los viernes y sábados, música en directo con aficionados como el octogenario Manuel, exprofesor de guitarra, Los Tony?s o el dúo de fados Visconde Kalunga.
Buena parte de los clientes son asiduos. Algunos ya acuden con sus nietos. Y sobre la nueva generación, el profesional aprecia una inusitada inexperiencia: «La gente joven no sabe ni cómo comer una nécora, te la destrozan. Hay un señor que viene mucho y siempre se pone malo viendo cómo las machacan con los alicates», asegura.