«Cobrar es lo más difícil»

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Santi M. Amil

José María Vázquez, el médico de los pobres, tiene 82 años y sigue ejerciendo su profesión porque dice que le hace sentirse útil. En O Ribeiro tiene fama de adaptar la tarifa a la condición social del paciente

20 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Mucho antes de que la crisis llegase y de que la conciencia solidaria de muchos se despertase, José María Vázquez Pérez (A Arnoia 1931) ya se había ganado en su Ribeiro natal el sobretítulo de «médico de los pobres». Muchos vecinos de esta comarca ourensana tienen historias que contar al respecto de este singular pediatra y de su fórmula de pago «a sentimiento», en el que unas veces el médico les decía «dame lo que quieras», y otras, ni eso. Vázquez Pérez ejerció la primera parte de su trayectoria profesional cuando la Seguridad Social era todavía un proyecto incipiente, sin recursos hospitalarios propios en ciudades como Ourense. «Tenían un piso encima del garaje Campos para las urgencias y luego estaba el hospital, que era para beneficencia y donde llevábamos normalmente a la gente», recuerda. Era una provincia catalogada por las autoridades sanitarias como «de difícil desempeño». Su primer sueldo fue de mil pesetas. «Un buen día empezaron a llegarme veinte pesetas de más, yo no sabía por qué; y eran dos de la Seguridad Social que me pagaban a diez pesetas por cada uno».

Don José María, como lo conocen sus paisanos, dice que lo más duro de su faceta profesional llega siempre al final de la consulta. «Cobrar es lo más difícil; cobrar por algo que a mí no me supone esfuerzo se me hacía cuesta arriba; además, ¿cómo ibas a pedir nada si llegabas de noche a un parto en un pueblo y veías las calamidades que había? Aún había que dejarles dinero», razona.

De su experiencia guarda mil anécdotas, algunas de las cuales aún lo emocionan hoy. Como el caso de una niña que llegó a la consulta con su abuela porque tenía fiebre. Al comprobar que había una herida, sospechó que era tétanos. «Vi tres casos en mi vida y había médicos que no habían visto ninguno; yo sabía que eso era mortal», apunta.

Le dijo a la abuela que había que ir a un hospital, pero la mujer no estaba convencida y quería regresar a casa, así que el médico cogió su coche y trasladó a la pequeña. El celador del hospital quiso impedirle la entrada por miedo a un contagio, pero el ribadaviense montó tal escándalo que un médico acudió a la entrada y la niña fue ingresada. Vázquez la dejó allí, regresó y nada más supo de ella. «No me llegaron malas noticias y durante un tiempo, cada vez que veía a alguien de ese pueblo, le preguntaba disimuladamente si todos los niños estaban bien, si había alguno muy enfermo...», narra.

Diecisiete años después, en la puerta de su consulta apareció una mujer con un bebé en brazos. «Me preguntó si la reconocía. Le dije que no. Entonces me dijo que era la niña del tétanos y me eché a llorar». Tampoco ahora puede evitar que salten las lágrimas. «Pensé que aquella niña no sobreviviría», confiesa.

A sus 82 años, este médico que de niño soñaba con pilotar aviones sigue ejerciendo en su consulta privada en Ribadavia. «Yo disfruto, me siento útil y eso no tiene precio para mí; lo único que espero es me recuerden como alguien que intentaba hacer bien su trabajo», dice. También sigue teniendo los mismos problemas de conciencia a la hora de pasar la minuta. «Yo les hago un gesto y ellos ya saben», bromea. Goza de una salud de hierro y confiesa que no toma ninguna medicación. Lo cierto es que en O Ribeiro es conocida su escasa afición a la farmacología. «Ahora, cuando llega un paciente lo primero es preguntarle qué está tomando, y te saca una lista enorme», lamenta. Eso no quiere decir que el veterano doctor no confíe en los medicamentos. «Son necesarios, pero yo no receto veinte cosas por si acaso; yo miro, pienso y receto para eso», sentencia.