Cuando todo se derrumba

Maxi Olariaga MAXIMALIA

FIRMAS

28 jul 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Creo de verdad que estamos asistiendo al fin de un ciclo. Los historiadores futuros hablarán en sus tesis doctorales y en sus contrastados libros de como esta generación fue perdiendo el amor, dejándose atrás los sentimientos y abandonando en los fétidos vertederos todo atisbo de ternura. Todo es turbio en estos días y la necesidad de sobrevivir nos empuja al desastre y al olvido de hábitos que hasta no hace mucho eran indiscutibles en nuestra conducta.

La dureza de los tiempos, el frío que produce el paisaje desolado del desierto sentimental en el que nos movemos y nos mueven, esa sensación de hastío que invade nuestros sueños más amados están llevando aceleradamente al abismo a esta generación que lo tuvo todo para triunfar ante la injusticia y el desamor y poner remedio a todos los contratiempos que sufre el género humano acosado por la codicia, la envidia y la soberbia que los espejos de la televisión nos reflejan cada día torturándonos con la gota malaya del mal ajeno.

Riadas, terremotos, explosiones, guerras, pobreza extrema, migraciones? todo un ejército de capuchones bajo los que se ocultan los tétricos esqueletos de la muerte inmerecida. El valor de la vida humana baja enteros cada día en la gran bolsa de la cotización del amor y su índice se hunde en el helado bajo cero que destella en los tableros de neón que cuelgan amenazadores de los rascacielos. Se desploma el mundo sobre nuestras cabezas y nadie recuerda que las manos sirven para acariciar y asir otras manos y que un manojito de besos salva a los ahogados y a los parias de la tierra. Todo está consumado y la noche devora al sol como Polifemo devoraba a los amigos de Ulises mientras en el lagar de aquel monstruo pisaba las uvas y sus lágrimas buscando embriagarlo para poder huir salvando a los pocos amigos que le quedaban. ¡Ah, los amigos! Quizás tengan en estos días tan tortuosos más importancia que los amores.

Siempre se supo que la amistad es más perfecta, duradera y fuerte que el amor porque no está sometida a la convivencia, a los juramentos, a los ritos religiosos ni a las convenciones sociales que tantas veces desvirtúan su esencia.

La amistad está por encima de toda relación porque ni se compra ni se vende. Surge como las fuentes que se transforman con el tiempo en grandes ríos que abrazan los valles y riegan las viñas reflejando en el mandil de sus aguas el viaje de las nubes rumbo a los cuatro puntos cardinales.

La amistad es la madre de todas las virtudes y sin traspasar su puerta jamás se llegaría al amor. Es desprendida, dulce, templada, virgen, desinteresada y dispuesta a dar su vida y su hacienda por salvar esa relación. La amistad no juzga y rechaza la maledicencia, no se puja en subasta ni se fía al albur de los embates que sufra.

La amistad, si lo es, sufre como propios los males que aquejan a una parte porque son males que ambas soportan confiando en llegar cuanto antes al jardín de la alegría donde nada ni nadie podrá turbar sus días. La amistad podrá salvarnos en estos días duros, cuando todo se derrumbe. «Amistades que son ciertas nadie las puede turbar» Lo dejó escrito don Miguel; Miguel de Cervantes. Así sea.