Manuel Oliveira, entrenador de la Liga da Costa y poeta, demuestra que la pasión futbolera y la lírica no son incompatibles
25 jun 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Rebusca por casa cuando se le sugiere que estaría bien una foto suya con un balón de fútbol y uno de sus libros de poemas. Manuel Oliveira Gómez, Manolín (A Coruña, 1942), no encuentra esférico. Y eso que lleva pegado a ellos desde niño, como futbolista y después como laureado entrenador de la Liga da Costa, en la Costa da Morte. «Es que tengo balones de todo menos de fútbol, porque siempre los voy regalando», dice. Al final, algo aparece.
-¿No hará lo mismo con los trofeos y las medallas?
-Pues el otro día tiré dos copas de fútbol sala, tanta chatarra... A veces me dan routadas. Y encontré la medalla de bronce que había ganado en 400 vallas en los Juegos de los Tres Ejércitos cuando hacía la mili.
-¿De dónde le viene el amor al fútbol?
-De niño yo era muy fuerte para la edad que tenía. En Huelva, en los Maristas -recorrió media España de pequeño por el trabajo de su padre, buzo profesional- empecé a darme cuenta de lo que era el fútbol. Yo jugaba con los mayores y chupaba más que ninguno.
-¿Una vocación?
-Qué va. El deporte que más me gusta y al que mejor jugué fue al baloncesto. También me gusta mucho el balonmano y hasta hice algo de boxeo. Me considero un atleta, me encanta correr campo a través.
-Pero acabó en el fútbol y hasta jugó en el Dépor.
-Me habían llamado para jugar con el Ferrol, pero dije que no porque no podía, y al poco me llamaron del Dépor, primero en juvenil y después en el segundo equipo, aunque entrenábamos con el primero. Era la época de Amancio. Llegué a estar convocado para jugar contra el Barcelona, pero si el partido era el día 5, yo el 1 empezaba la mili y no pude ir. Después de la mili volví, pero era suplente, no jugaba y lo dejé. Yo quería jugar. Lo hice con el Arousa, el Marín, y con el San Andrés de Comesaña, entre otros.
-Y todo se truncó con el accidente que sufrió en 1973 (como buzo profesional, perdió una mano mientras volaba unos bajos en Vigo).
-Me desmoroné. Estuve meses en el hospital y sufrí cinco operaciones. A punto de morir allí. Yo llegué a ver aquel día el túnel con la luz blanca al fondo, aunque no es blancura, sino algo distinto. Vi a san Pedro -cuenta con humor-, que me dio 100 años de vida. Le pedí 130. Estamos viendo si pactamos un término medio, 110 o 120.
-¿Y lo de poeta?
-La poesía se me apareció un día de las fiestas de As Mercedes, en Corcubión, con 15 años. Me trajo algún problema. En la mili pasé dos meses en la cárcel por unos versos satíricos.
-Ya lleva dos libros publicados. ¿Qué le queda por hacer?
-Publiqué Realidades, sueños y nostalgias y Los abismos del corazón. Hay quien puede escribir muy bien, y es escritor. Yo me siento poeta, no escritor, y entiendo la poesía como una forma de ver la vida. A veces no sé por qué carallo escribo porque no le doy valor: escribo para mis amigos. Y en cuanto a las cosas por hacer, siempre tuve un sueño, que no pudo ser: que me llamara Jacques Cousteau para trabajar con él.
-¿Fútbol o a poesía?
-Más poeta que futbolista.
-¿Y no hay poesía en el fútbol?
-En el fútbol no. Solo tengo un poema en el que hablo de un campo, y no por el fútbol. Sí hay poesía en el esfuerzo y el compañerismo, no en el juego.
-Con 71 años cumplidos, ¿qué retos deportivos le quedan?
-Sospecho que esta fue mi última temporada. No estoy dispuesto a pegarme palizas de coche y ya no creo que me llamen para seguir entrenando.