Una tienda que tiene tela

Begoña Rodríguez Sotelino
b. r. sotelino VIGO / LA VOZ

FIRMAS

José Ángel Casal se formó con su padre y hermana al perder su trabajo como matricero

26 may 2013 . Actualizado a las 06:00 h.

José Ángel Casal Ballesteros nunca pensó que iba a cambiarla chapa por la tela. Al propietario de Tejidos Casal, que se hizo cargo hace un año de la tienda que el año que viene cumplirá 35 años de historia, le cambió la vida un expediente de regulación de empleo en una época en la que todavía no eran el pan nuestro de cada día. «Yo era matricero mecánico en Industrias Lap, una de las empresas auxiliares que daba servicio a Citroën», cuenta. «Pillé la primera crisis del automóvil de la era moderna», se lamenta.

Su padre fue el iniciador de una tradición en la que años después se involucraría parte de la familia. El vigués José Casal Santorio empezó a trabajar en el sector en 1960. «Aquí mismo, en esta tienda, pero cuando se llamaba Alpemar. Se la traspasaron sus jefes y se la quedó. Era de telas, alfombras, cortinas y tejidos en general, pero cuando él se hizo cargo se centró solo en tejidos para vestir. En 1983 fue cuando yo recalé aquí».

De repente, el operario pasó de trabajar con cortes al milímetro y décimas de milímetro de materiales metálicos a lidiar con metros y centímetros de dúctiles paños.

La tienda fue su escuela y su padre, junto a su hermana, Ana, fueron sus maestros. Con ellos estuvo aprendiendo los entresijos del negocio hasta que el año pasado, cuando su padre se jubiló, se quedó al frente del comercio ya que su hermana también se independizó montando una mercería junto enfrente del local.

«Me lo tomé con cariño y eso es lo fundamental. De tejidos yo no sabía nada. Pero me gusta y el hecho de tener a los profesores en la familia me ayudó mucho».

José debutó laboralmente haciendo troqueles y matrices para las piezas que le dan forma a la chapa y en su segundo trabajo se maneja con pericia con las tijeras y el metro, además de dominar calidades y tipos de telas con ayuda de una empleada, Eva, que también sufrió la crisis después de trabajar más de diez años en una tienda en la que hacían trajes de novia, que quebró.

La diferencia entre una generación de los Casal y la siguiente es abismal, ya que cuando su progenitor empezó, la venta de telas era tan común como hoy lo es acudir a alguna de las grandes franquicias de ropa para comprarse la ropa ya lista para ponerse. La confección casera se fue al garete y desde entonces queda un poso residual que de vez en cuando repunta por el interés de las nuevas generaciones por la costura. «Hubo mejores momentos, por ejemplo del año 2000 al 2008 se vendía mucho más que ahora. Pero es que los comercios pequeños, de autónomos como yo, sean de tejidos, sea lo que sea, se han desmoronado», constata.

Ahora, según cuenta, lo que hace que la actividad mejore es con la vuelta de las clases de corte y confección que se imparten en muchas asociaciones vecinales y culturales. «Cada uno se apaña y se hace sus cositas. Antes te lo hacía la modista, un oficio en vías de extinción, y ahora mucha gente se anima a coser. No sé si es interés o necesidad», duda. «Que no tienes trabajo, pues te anotas a un curso y además de matar el tiempo, aprendes algo», opina,

Pero José Casal advierte que en su tienda tiene clientela de un amplio espectro. Mucha gente joven y también gente mayor que cose de toda la vida, cuenta. Lo que más le fastidia, a él y a todos los profesionales del sector, es el deterioro de la industria textil que fue tan boyante en España. «Yo sigo apostando por el tejido nacional, pero es que cada vez hay menos fabricantes. siguen quedando algunas fábricas con las que tenemos contacto desde hace muchos años. Lo que se trae de fuera nos lo sirven comerciales que no fabrican. Pero compran aquí y en todo el mundo», reconoce.

Una tienda con lareira

Como curiosidad destaca en el local una enorme lareira que estaba tapada por un muro, pero decidieron dejar este tesoro a la vista tras la reforma que hicieron en los años 90.