Jugarse la vida sin saber para qué

María Hermida
maría hermida RIBEIRA / LA VOZ

FIRMAS

CARMELA QUEIJEIRO

Con el país patas arriba, coger percebe ya no garantiza un buen jornal

15 may 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

«O noso é un luxo, e ninguén está xa para luxos». Quien habla así es Juan Manuel, un percebeiro de la cofradía de Aguiño. Supera los 50 años. Sabe bien lo que es pasar el invierno con el neopreno puesto doblando el espinazo para arañarle a las rocas sus mejores percebes. Y así lo hacía anteayer. A su lado, escuchándole mientras el mar bate con fuerza en la zona de Espiñeirido, uno se da cuenta de que los porrazos que acumula la clase media española golpean de lleno a su profesión. Muchos ya no tienen las pagas extras con las que se daban un banquete del oro negro de las rocas. Ya no se celebran muchas de esas cenas de empresa en las que corría el albariño para asentar la mariscada. Y ellos, los percebeiros, siguen ahí. Antes se jugaban la vida para vivir bien. O muy bien. Ahora lo hacen para ganar «poco». Dicen que entre 50 y 90 euros si las cosas van medianamente bien. Y que nunca saben cómo irá la subasta.

El lunes, Juan Manuel trabajaba en la zona de Espiñeirido como lo hacía todo el batallón de percebeiros de Aguiño. Volvían a la faena tras una semana parados. Habían dejado descansar las concesiones varios días porque el lunes anterior trabajaron y los precios fueron un auténtico fiasco. Con la ilusión de que las cotizaciones acompañasen, se jugaban el tipo en el mar. No es que hiciesen filigranas. Es simplemente que el riesgo va implícito en su profesión. Las mareas les dan un margen de dos horas para coger el marisco. Así que hablan mientras el saquete se llena. Dicen que el tiempo les suele sobrar para coger los topes, fijados en cinco kilos por hombre.

Si Juan Manuel dejaba claro que la crisis ha dado una estocada a su mercado, no con menos dramatismo se refería a la situación Andrés García. Él lleva 27 años de percebeiro. Pronuncia pocas frases, pero son crudas: «Eu nunca vivín un tempo así. Nunca. A semana pasada traballamos un día e os prezos foron malísimos, non gañamos case nada». Escuchándole, a uno se le encoge el corazón mirando hacia Anxo. Porque Juan Manuel y Andrés casi peinan canas y por muy mal que les vaya tienen el horizonte de la jubilación cercano. Pero Anxo Fernández, que trabaja codo con codo con ellos en las rocas, acaba de cumplir los 25. Es percebeiro como su padre. Como su abuelo. Porque le gusta y porque es lo que sabe hacer. Pero la crisis no entiende ni de tradición ni de gustos ni de mañas. Así que también se queja: «Non están as cousas ben, non hai saídas en ningunha parte e aquí faise difícil aguantar», enfatiza.

Sus palabras las completa Jorge, que dice que por primera vez en su vida no gana para pagar la Seguridad Social. «Nin eses 220 euros son capaz de sacar, nunca o pasamos tan mal», enfatiza. Todos hablan también de la faena que les hacen los furtivos.

La hora de la verdad

Tras el trabajo en las rocas, le quedan otras dos horas de faena clasificando el marisco. Y luego llega la subasta. Es la hora de la verdad. El lunes, se llegó a pagar el kilo a 80 euros. Y ayer las cotizaciones volvieron a ser buenas. Es una alegría tras el fiasco de la semana pasada. Pero nadie sabe cuanto durará la gloria.

«Non dou pagado a Seguridade Social», dice uno de los mariscadores