El caso de las frutas y del abedul abre el análisis a otra característica sociológica de Galicia: la emigración. «Vemos a mucha gente en consulta que estuvo en la emigración en Suiza, el sur de Alemania y de Francia, en zonas próximas a los Alpes, donde hay muchos abedules, que hicieron la alergia allí. Es un grupo de población de entre 50 y 70 años que ha estado trabajando fuera y que, a su regreso, mantiene la alergia. En esos países es una alergia característica la del abedul».
También en nuestro territorio, mientras que en otros lugares, fundamentalmente grandes ciudades españolas, las reacciones alérgicas se producen, sobre todo, frente al plátano de sombra, que invade las calles y los parques urbanos por su capacidad de adaptación y su resistencia a la contaminación.
«Las personas alérgicas al polen en general, no solo al abedul, tienen más frecuencia de alergia a las frutas porque hay una proteína, la profilina, que comparten las gramíneas con diferentes frutas», explica el alergólogo.
Y, más allá de las curiosidades de la naturaleza, la mano del hombre y los hábitos modernos de producción y consumo ponen también su grano de arena para que las alergias aumenten: «Hoy gran parte de la fruta se conserva en cámaras, donde la tratan con óxido de etileno, que aumenta las proteínas alergénicas en la piel de la fruta. La fruta se defiende de ese óxido fabricando proteína LTP en gran cantidad y algunas personas reaccionan a ella con síntomas alérgicos». Es frecuente en el melocotón, por un proceso diferente al del polen de abedul. Los síntomas son más graves, con erupciones generales en la piel y problemas respiratorios.