Llegamos a la bodega de Alberto Nanclares en esa hora de precioso nombre, entre lusco e fusco. Tras recibirnos, nos abre el portón trasero de la casona de piedra y ante nosotros se abre de súbito un tapiz de viñedos en pleno brote que se van tendiendo hasta llegar a ese lugar mágico en el que la Ría se funde con el Umia. Al fondo, un sol incandescente se esconde tras el perfil quebrado del Barbanza. «¿Entendéis la razón por la que dejé todo para hacer vino aquí?», nos dice. Vaya que sí.
Porque, efectivamente, seducido por el lugar, el entorno y el viñedo con el que contaba la finca, Alberto Nanclares decidió en 1997 crear su propia bodega y, tres años después, abandonar su acomodada posición en una importante empresa para dedicarse por completo a la elaboración de vinos.
Y lo hizo a su manera. Siguiendo su instinto. Al principio tuvo una enóloga pero recuerda que lo único que hacía era decirle que no a todo lo que ella le proponía. «Así que preferí hacerlo yo y no contratar a nadie».
Alberto reconoce que en aquellos primeros años aprendió a hacer un albariño correcto. «Pero me di cuenta de que le faltaba alma. Así que ahora lo que hago es desandar el camino andado, a la procura de un vino personal, en el que incluso tengan cabida mis errores».
Hoy, Alberto Nanclares aplica los principios de la producción integrada, buscando un equilibrio biológico que minimice la intervención contra las plagas y que permita la expresión del terruño en las uvas. «Mi obsesión es encontrar el alma de cada viñedo y reflejarla en mis vinos», nos dice. Viñedos que, en doce fincas, apenas alcanzan las 2,5 hectáreas y que el bodeguero cuida con exquisito mimo. No utiliza insecticidas, ni sistémicos, ni abonos químicos. «Recurro a las algas, el estiércol y restos de la bodega». Tampoco laborea la tierra, lo que le permite mantener la vida microbiológica en la capa superficial del suelo del viñedo. Una vez en bodega, ni filtra, ni hace la maloláctica ni retoca la acidez. «El vino se hace ahí fuera», sentencia Alberto señalando el manto de viñedos. «Aquí dentro, cuanto menos lo toques, mejor».
De esa tan personal filosofía nacen vinos que son reflejo puro de su entorno. Vinos que incluso evocan al mar, que presumen de su origen. «El mar le complica la vida a la cepa pero a la uva le aporta una salinidad muy interesante».
Vinos complejos, como Crisopa, quizá la creación más personal de Alberto Nanclares, un albariño procedente de los primeros racimos seleccionados de una única finca, despalillados a mano y pisados con los pies como antaño. Tras fermentar con los hollejos durante 15 días permanece sobre sus lías durante casi un año y pasa otros ocho meses en botella antes de salir al mercado.
Vinos que son un auténtico capricho, como Cocinela, poco más de dos mil litros de un albariño elaborado a partir de uvas de cepas centenarias y que se presenta solo en botellas magnum.
O vinos tan interesantes como Soverribas, un albariño embotellado sin filtrar ni clarificar tras una crianza de nueve meses en un tino de 2.000 litros de madera de roble francés.
En la mente de Alberto Nanclares está el sueño de vinificar los vinos en función de cada parcela. Quizá entonces consiga deprenderse de esa quimera que le persigue desde aquel día en que lo dejó todo a cambio de un puñado de cepas, «la de entender por qué sale ese vino de cada tierra».
FICHA
LOCALIZACIÓN
Castriño, 13. Castrelo. Cambados. Telf.: 986 502 763
MARCAS
Alberto Nanclares (albariño con crianza de cinco meses sobre lías). Tempus Vivendi (albariño sin crianza). Soverribas (albariño con crianza de 9 meses sobre lías en barrica de roble, 4 meses en acero y 4 en botella). Cocinela (albariño elaborado con uvas de cepas centenarias y crianza de doce meses en botella). Crisopa (albariño sin D.O. con crianza de un año sobre lías y 8 meses en botella)