Paradela, la tierra de los fugitivos

sergio López LUGO

FIRMAS

Paradela guarda entre sus aldeas cientos de guaridas de los escapados en la Guerra Civil

17 feb 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

En aldeas como Aldosende o Mosteirovello, ambas en el concello de Paradela, hablar de la Guerra Civil es recordar la huída al monte de cientos de vecinos, los enfrentamientos entre familias con miembros en los dos bandos y las peripecias de José Castro Veiga, O piloto, un aguerrido guerrillero que convirtió la zona sur de la provincia de Lugo en su particular campo de batalla. Pero también Paradela se convirtió por aquellos años en un particular semillero de inventores que, llevados por el miedo, se las ingeniaron para crear los zulos más ilocalizables y ocultos de aquellos tiempos. Muchos pudieron pasar los años de la contienda sin pegar un solo tiro gracias al secretismo de estas aldeas.

De aquellos años, hoy en Aldosende solo quedan vecinos como Julio López que, con 85 años, intenta olvidar el recuerdo de lo que fue aquella pesadilla. Miembro de una familia que se posicionó a favor del Régimen, afirma que ninguna de las atrocidades de aquellos tiempos tuvo sentido: «Uns fuxiron e outros convertíronse en asasinos, pero os que estabamos no medio xa non confiábamos en ninguén. Os falanxistas ían polas casas e levaban o mellor da matanza, colchóns para durmir e todo o que se lles antoxase. Os escapados baixaban ao pobo e levaban o resto». Muestra de esta situación es que ni siquiera el padre y el tío de Julio, falangistas, se libraron de morir. O Piloto, ese huidizo personaje que se convirtió en un símbolo de la guerrilla posterior a la contienda, los encontró un día en un camino próximo a Aldosende y los mató.

Un zulo bajo el fuego

En la zona alta de esta parroquia llena de casas deshabitadas que hoy es Aldosende, todavía se puede ver el hogar que dio cobijo a una de tantas personas que decidieron escapar de la guerra. Cerrada como si de una prisión se tratase, por uno de sus ventanales aún se puede ver la lareira que resguardó a uno de los fugitivos. Una cocina tradicional en la que uno de los jóvenes del pueblo hizo un agujero en el suelo para luego taparlo con una losa. Dentro de él se ocultó durante las noches al abrigo de una de sus hermanas, que durmió sobre la losa durante los tres años por temor a que la guardia civil revisase la casa. Según Julio, el chico sobrevivió, pero en los años siguientes no hubo más noticias de él.

Tampoco se sabe nada de los escapados que se resguardaron en la pena da Redondeira, un enclave natural de difícil acceso, con una excelentes vistas de las riberas del Miño y en el que hoy se aprecian dos cuevas dentro de una roca que los fugitivos excavaron para esconderse. La formación, aunque a primera vista podría parecer natural, tiene dos grandes agujeros que la convierten en algo semejante a una casa. Uno de ellos, a ras de suelo, pudo ser un escondite improvisado para los que tenían que refugiarse cuando los falangistas les pisaban los talones. El del piso superior, al que hay que acceder escalando la pared de piedra, se muestra más seguro y, según dicen en la zona, fue utilizado por aquellos que pasaron más tiempo escondidos. Desde él hay una amplia perspectiva de los caminos aledaños e incluso para alquien que se acerque al lugar resulta imposible ver lo que hay dentro de esa cueva a menos que suba hasta ella.

La cuna de la resistencia

Pero si en alguno de los pueblos de este ayuntamiento llama especialmente la atención el modo de plantar cara al Movimiento durante aquellos años es en Mosteirovello. Allí se creó durante la República una sociedad agrícola muy numerosa que dejó marcados a sus miembros en los años siguientes. Ellos, y sus simpatizantes, fueron los más buscados por las tropas falangistas y los que mejor supieron esquivar la muerte.

En Mosteirovello la chispa que encendió cientos de cartuchos de pólvora durante los años siguientes fue el enfrentamiento entre miembros de la sociedad agrícola con el cura que les habían asignado. Ya antes de la Guerra, este cura había realizado una serie de modificaciones en las tradiciones religiosas del lugar (una de ellas relativa a la misa del gallo) que hicieron que los vecinos solicitasen al cura que abandonase la parroquia. Incluso le ofrecieron carros para realizar el traslado de sus enseres. Pero el párroco, del que hoy ningún vecino recuerda el nombre pero sí tienen constancia de que era de la zona de Silleda, no accedió a la petición vecinal y al cabo de un mes (fue el plazo que le dieron para irse) uno de estos miembros de la sociedad decidió quemarle la casa con todo lo que había dentro.

Aquellos hechos dieron lugar a las primeras detenciones y según asegura Antonio Arias, que por aquella época tenía 20 años, también provocaron los primeros fusilamientos. «Vin como os gardas tiraron a un rapaz dende o alto dunha pena para matalos, a outros dous veciños os lanzaron pola ventá e, para min, unha das cousas máis duras foi ver como un guardia se achegaba a un veciño que tiña ao seu fillo no colo e lle pedía que o deisaxe coa nai, que el tiña que ir acompañalos. Non interviu na queima da casa nin era un rebelde, pero o mataron nas aforas do pobo», recuerda Antonio. En los meses siguientes, entre detenciones y enfrentamientos, otro de los rebeldes, nadie parece conocer su identidad en la aldea, mató al cura disparándole con una escopeta desde un refugio mientras este paseaba. Unas acciones que, como sucedió en las grandes ciudades, estuvieron siempre dirigidas contra los personajes más simbólicos o que mejor representaban cada uno de los bandos y que, según Antonio, llegaron a realizarse al azar. «Do número de escapados que eramos, houbo algún que non é que fose dun bando ou doutro, simplemente dedicouse a roubar e matar porque si e foi como pasou os anos da guerra» afirma Antonio.

Pillaje entre vecinos

El hambre durante aquellos años y, sobre todo, en los posteriores a la contienda hizo que personajes como O Piloto, O Coxo u otros menos famosos proliferasen por aquellas tierras. Incluso los tercios que se asentaron en estas aldeas se convirtieron en uno de los enemigos a combatir cuando ya los años de la guerra pasaron. «A Aldosende chegaron soldados moi novos para realizar unha instrucción e, de paso, ter controlada a zona e, según chegaron, recorreron todas as casas para facerse con colchóns nos que durmir.

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En Aldosende se conservan cuevas excavadas por los huidos para poder esconderse

La quema de la casa del cura de Mosteirovello dio pie a las primeras represalias