El espacio, de gran valor ecológico, solo tiene «un par» de figuras de protección tan laxas como la Red Natura 2000
03 feb 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Ayer fue el día mundial de los humedales, ya saben, uno de esos «días de» que tanto gustan a nuestros responsables políticos para hacerse la foto con sonrisa pizpireta, rodeados de niños acariciando un pato. Pero el más destacado de los humedales de nuestro entorno, y el más amenazado, pasó desapercibido para las autoridades de la cosa ambiental. Por lo menos que esta página recuerde al día siguiente, cuando ya los humedales dejan de ser noticia, a las gándaras de Budiño.
Cuesta trabajo localizarlas, a un lado de la autovía que une Porriño con Portugal. Quedan apenas 700 hectáreas de lo que en su día fueron más del triple de un espacio arcilloso con embalsamiento de agua natural, que se fue formando en la principal falla geológica que atraviesa Galicia de sur a norte hace 20 millones de años y que consiste en una serie de lagunas estacionales y permanentes, que eso viene siendo una gándara. Su aporte de agua depende del desbordamiento del río Louro, cuyo caudal estival es más bajo que las propias gándaras y ese volumen cambiante entre zona seca e inundada mantiene una biodiversidad de flora y fauna única, de la que solamente en aves podemos encontrar nada menos que 135 especies distintas, y junto a ellas la representación del 90% las especies de anfibios presentes en Galicia.
Allí sobreviven auténticos tesoros de nuestra fauna, como el galápago europeo, uno de los reptiles más amenazados de extinción de Europa. Su flora, con bosques de ribera, turberas y vegetación palustre es otro elemento ecológico único e incomparable. Además, en su entorno se encuentra un yacimiento arqueológico en el que se encontraron piezas paleolíticas que nos brindan un dato muy relevante; posiblemente allí se instalaron los primeros habitantes de Galicia, hace nada menos que 150.000 años. De alguna forma ese lugar encharcado fue nuestro primer hogar.
Con semejantes valores patrimoniales, podríamos pensar que las gándaras son un espacio especial y destacadamente protegido, con vigilancia permanente, con un control exhaustivo de su estado y evolución y un riguroso control de cualquier actividad que se desarrolle en su entorno. Prácticamente un lugar intocable.
Así debería ser, en teoría, pero la realidad es radicalmente distinta y apenas un par de figuras de protección tan laxas como estar en Red Natura 2000 o ser zona de especial protección para las aves intentan contener, con escaso éxito, su progresivo deterioro. Canteras e infraestructuras alteraron la hidrogeología del entorno, desecando muchas de las zonas encharcadas, y con esas alteraciones llegaron los vertidos químicos de todo tipo, la extracción de áridos, los residuos sólidos, la introducción de especies exóticas y el furtivismo. Una pareja de cigüeñas, las más occidentales de Galicia, intentaron retornar a esa gándaras hace una década y fueron miserablemente asesinadas antes de llegar a nidificar. Todo un símbolo. Y como guinda del pastel tenemos un par de polígonos industriales, con todo lo que conllevan en un país en el que generalmente quien contamina cobra, invadiendo y sepultando su cada vez más pequeña extensión.
Pero si hay un ejemplo contundente de la irracionalidad con la que, incluso con presuntas buenas intenciones, dañamos ese espacio son las ruinas del edificio que debería albergar su centro de interpretación. Un ecomausoleo sobredimensionado, carísimo, mal diseñado y peor ubicado que entre otras cosas costó, para nada, casi 500.000 euros, de los cuales una buena parte tendremos que devolver a la Unión Europea por esa chapuza que nunca llegó a abrir sus puertas y de la que, por supuesto, nadie es responsable. En una sociedad normal estas malversaciones de fondos públicos deberían terminar con alguien en el banquillo, o por lo menos servir de lección ejemplar para el futuro, pero muy al contrario desde entonces asistimos a muchas más inauguraciones de ecomausoleos semejantes.
CHEQUEO AL MEDIO AMBIENTE LOS HUMEDALES
Allí sobreviven auténticos tesoros de nuestra fauna y un yacimiento arqueológico