La zapatería fue el modo de vida de su familia; ahora Fita a de Louzán restaura útiles de trabajo
20 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.zapateros josefa martínez, fita a de louzán
«Eu non son zapateira», deja bien sentado Fita antes de comenzar a hablar de la profesión de su padre, con la que ella colaboró durante un tiempo. Josefa Martínez, o Fita a de Louzán, solo trabajó durante tres años con su progenitor, Jesús, hasta que a los dieciséis hizo sus maletas para emprender, como tantos otros, el camino de la emigración. Bélgica fue su destino, y allí trabajaría, durante muchos años, sirviendo mesas en la embajada. «Son diplomada en hostalería, iso é o meu», dice.
Cuando pudo regresar a su Meis natal, su padre ya había fallecido, y con él habían desaparecido todas sus herramientas -«el xa queimou moitas cousas»-, expone. Así que, después de Bélgica, su hija hizo su casa y fue tirando con los ahorros que había reunido durante toda una vida de trabajo; después, buscó las habichuelas en otros menesteres, pero no pudo ya recuperar el oficio que había desempeñado su padre.
Jesús, en efecto, era zapatero, uno de los varios que trabajaron en Meis en aquellos tiempos en los que todo el mundo calzaba zuecos y quizás unos zapatos los domingos. También lo fue, hasta hace pocos años, la madrina a la que Fita debe su nombre.
El taller y la vivienda de los Louzán estaban en una pequeña casita de la que aún queda testimonio muy cerquita del colegio de Mosteiro. Allí pasaba Jesús las horas, dedicado a la tarea con la que daba de comer a sus cinco hijos, un oficio que «daba para comer, e grazas». Y daba, dice Fita, porque su madre iba a trabajar como jornalera y traía a casa un complemento que hacía posible que sus hijos tuviesen «leite polas mañás», mientras «outros nin iso tiñan».
«Meu pai pasaba todo o día sentado na zapatería». Los zapatos, explica, «fanse con aquelas cousas de madeira», dice señalando unas viejas plantillas en las que la carcoma ha comenzado a hacer de las suyas, pero que Fita está dispuesta a dejar como nuevas. «Estas eran as formas para facer os zapatos, metíaselles o coiro por encima. Había que ter unha forma para cada número, e eran distintas as das mulleres que as dos homes», recuerda. «Meu pai facía zocos de segunda man, non novos. Na casa de miña madriña facíanse novos. Eles ían á feira de Mosteiro, cando a feira de Mosteiro era tan grande, e tiñan un posto de zocos. Meu pai tiña as formas, pero meu pai estaba solo e non recordo verlle facer zapatos novos», explica.
Pero volvamos al momento en el que regresó de Bélgica. Fue entonces cuando su gusto por las antigüedades y la ocupación de su familia se combinaron para formar la que hoy es la gran pasión de Fita, además de sus perros: la adquisición y la reparación de antiguos útiles de zapatero. Muchos domingos se va a la plaza de la Verdura de Pontevedra y allí rastrea en busca de alguna pieza con la que pueda hacer crecer su colección. Después, en casa, dedica horas, mucha paciencia y ninguna prisa a dejar las máquinas como nuevas.
«Meu pai botaba todo o día sentado na zapatería,
facía zocos de segunda man»