«Tengo mi agujero en Boisaca»

Elisa Álvarez González
elisa álvarez SANTIAGO / LA VOZ

FIRMAS

Alvaro Ballesteros

Barcelonés de nacimiento, ama Galicia pese a sobrarle eucaliptos

31 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Porque refleja la monumentalidad de Santiago al alcance de la mano y se asocia al mundo peregrinero, que es el mío ahora.

Se define a sí mismo como verboso y a veces petulante. Pero charlar con Mario Clavell es un placer en un entorno en el que abundan los discursos ramplones y la simpleza verbal. Llegó a Santiago en el año 1986 por motivos laborales, tras haber pasado por Ferrol y Asturias, y terminar las licenciaturas de Derecho y Filología en Navarra y Oviedo. A la ciudad departamental, «la amo con dolor, aunque suene ridículo», apostilla, porque es una urbe doliente y mártir que a veces ni los propios ferrolanos aman. De tierras asturianas solo tiene gratos recuerdos, que hasta le impidieron querer a Galicia en un principio. «Me costó amarla porque me parecía una mala fotocopia del paisaje interior de Asturias. Me sobran eucaliptos y me faltan robles y castaños».

Santiago, sin embargo, «es una ciudad a mi medida». Catalán enriquecido con su identidad gallega de adopción, se siente agradecido por la acogida de esta tierra. «Aquí tengo mi agujero en Boisaca», apunta. Suple la escasez de salgueiros y carballos con una ciudad en la que se tuitea con el alcalde, tiene buena relación con el rector, «y en donde el señor arzobispo me obsequia con su afecto».

Pero no son las únicas amistades de las que presume este catedrático de Lengua. Conoce a los taberneros, le han vestido los pequeños comercios de las Algalias, y tiene debilidad por las señoras de la limpieza del instituto Xelmírez II, en donde trabajó dos décadas, y de la Catedral, «porque son el nivel social que sostiene el edificio de autoridades y nombres propios. Personas que con horarios marginales mantienen la casa limpia, y es en una casa limpia donde se trabaja a gusto».

Ya no es docente, ni nostalgia que le queda de volver a las aulas. Eso sí, regresa al que fue su instituto todos los jueves. Profesores mayores y jóvenes se juntan en una tertulia en un centro en el que «hay gente de diversa posición política y vital, pero que conservamos un núcleo de relación humana que va más allá de los otros posicionamientos», dice, algo que repercute en los propios alumnos. «Ellos dicen: estos viejales están a gusto aquí, se quieren. Pues sí, nos queremos», asevera.

No renuncia a su catalanidad

Admira a sus colegas que se mantienen en el ejercicio de la docencia, porque se encuentran con alumnos menos motivados, y aunque no hay nostalgia, de vez en cuando le gratifica encontrarse con algún ex alumno que le recuerda las andanzas en el aula, «nos leías la muerte de Madame Bovary y llorábamos, hacíamos obras de teatro, me dicen. Es muy gratificante».

Administrativamente compostelano, cordialmente «tanto como barcelonés», Mario Clavell no ha renunciado a su catalanidad, pese a llevar un cuarto de siglo en Compostela. Y esos 25 años le dan perspectiva para ver su evolución. Han aparecido edificios singulares, como el Auditorio, el Palacio de Congresos, el estadio de San Lázaro o el Multiusos de Sar. Y el Gaiás, claro, la patata caliente que le ha caído a los ciudadanos «y a la que tenemos que sacar partido de forma que nos honre». Participa de la perplejidad de los ciudadanos por los recursos que absorbe este excéntrico proyecto, pero una vez hecho, «Gaiás a muerte, con patatas y adelante».

compostelanos en su rincón mario clavell blanch