Esta noche conduzco despacio porque no tengo prisa. Por una vez... Estoy entrando en el túnel de Beiramar, dirección centro de Vigo, y ya es noche cerrada. Ahí viene el radar, pienso. Voy a 50, así que no necesito frenar, pero el pie derecho se levanta solo del acelerador, se va al pedal del medio y lo acaricia. Será cosa de esta cultura de multas que nos rodea: uno, cuando ve un radar, echa el pie al freno, igual que cuando ve a un guardia civil aminora la marcha aunque no haga falta y cuando ve un control de alcoholemia se pone nervioso aunque acabe de beberse un Cola Cao. Meten miedo. Todavía no he llegado al radar cuando un coche azul me adelanta. Va rápido, pero no apurado, como a 70 por hora. Ahora frenará un poco, pienso. Y sonrío. Huele a pescado y la luz amarilla del túnel rebota en las sucias baldosas de las paredes. Es una noche tranquila y Beiramar está vacío.
El coche azul pasa junto al radar y no frena. Entonces salta el flashazo, clash, y me quedo boquiabierto. Es la primera vez en mi vida que veo este radar cachando a alguien. Debe de ser de fuera, pienso. La reacción lógica del conductor al notar el flash en el retrovisor habría sido frenar un poco, lamentándose. Pero sigue impasible. Yo paso junto al radar, ya a 30 por hora, agarrado al volante, mirando por el retrovisor. Entonces me fijo en la matrícula del coche azul y comprendo. Estoy a punto de decir algo. Pero respiro hondo. No te pases de listo, chaval. Porque no hay duda de que el coche azul acude a una emergencia, que para eso su matrícula lleva grabadas las letras CNP; si va a 70 debe de ser para no causar pánico. Además, segurísimo que la multa llega a la comisaría y allí la pagan religiosamente. Como los 2.732 conductores a los que pilló el flash de Beiramar en el primer semestre de este año. Vamos, es que la pagan fijo.
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