Según se recogió en su momento en varios medios de comunicación, la película Lo imposible provoca mareos y desvanecimientos que han sufrido ya varios espectadores en algunas salas del país. Y en Vigo, también. Sospechosamente, en ninguno de los supuestos casos se ha puesto ni cara, ni nombre y apellidos a ninguno de los afectados. Y tras haberla visto, resulta imposible entender este fenómeno que tiene más pinta de operación de márketing, modelo bola de nieve que corre sin que nadie se atreva a pararla. Si fuera verdad, el Ministerio de Sanidad tendría que prohibir los telediarios y todo tipo de programas informativos. No puede ser que la gente se desvanezca en su butaca viendo una herida desgarrada de ficción, y no sienta nada cada vez que desfilan cadáveres reales de toda clase y condición ante sus ojos. E incluso vivos a punto de morir sin que nadie de un paso para ayudarles. Y no será por falta de casos en todos los puntos del planeta, incluidos los civilizados.
Lo imposible es que en una ciudad como Vigo a nadie (o a muy pocos), le den mareos cuando ven que les cortan los árboles de su calle y lejos de protestar, se alegren de que sus «molestas» ramas les lleguen a la ventana. Lo imposible es que a los vigueses no les importe (o al menos, no lo parezca), pagar más que ningún concello gallego por servicios tan poco simpáticos como la grúa. O que les hayan privatizado la vía pública y no tengan donde aparcar en superficie; o que, paradójicamente, sea la única ciudad del mundo donde se puedan entrar con el coche en sus dos pulmones verdes (Castrelos y O Castro). Lo imposible es que los vigueses se quejen de lo caro que es asistir a eventos culturales (aunque cada vez hay menos), pero se llene el estadio de Balaídos (entradas entre 45 y 65 euros) en plena crisis. ¿Crisis? ¿Qué crisis?
Pero se llena el estadio de Balaídos (entradas entre 45 y 65 euros)
begona. sotelino@lavoz.es