Pide un café solo y un cruasán. «Es que no comí», se justifica. Son las cinco y media de la tarde y compartimos mesa en la cafetería Central Park de la plaza de Vigo, al lado de su salón de belleza emblemático. Le informo de que hace justo diez años que lo inauguró. «Hice algo en lo que creía», recuerda. Y hace treinta que montó su primer salón en Juan Flórez. «Si no lo analizo me parece que es como si siguiese allí. Soy la misma, pero ahora tengo más responsabilidades», comenta Loida Zamuz (Vilardomato, Lugo, 1956), empresaria que dirige ocho salones de belleza en los que trabajan 160 personas. Acepta mi propuesta, aunque no le gusta hablar de su vida privada. Quizá por eso, por ser tan opaca, suele ser protagonista de rumores. «El último es que tengo un tumor cerebral y me queda un mes de vida. Hace años este tipo de cosas me hacían daño, pero ahora...», confiesa mientras toca mis manos con un gesto cariñoso. En ningún momento hace referencia a que coincide que es el día de su 56 cumpleaños. «Nunca digo nada, a mi esas cosas...».
Otro rumor habitual en la ciudad consiste en situar a su empresa al borde de la quiebra o, todo lo contrario, asegurar que Loida está forrada. «Ni cierro ni soy multimillonaria. Quien me conoce de verdad sabe que ni estoy arruinada ni soy millonaria», insiste. Cuando le pregunto por sus aficiones, por su tiempo libre, suelta un suspiro largo y resume toda su actividad con: «Cuido la huerta. Ahora tengo tomates, lechugas, pimientos, en otra época repollos. Sembré patatas y hace poco las recogí», asegura. ¿Se la imaginan recogiendo patatas? «En el campo voy de campo, con botas, las herramientas...», dice. Habla con tanta pasión de su trabajo como de la naturaleza. «El paso de las estaciones me transmite muchas cosas. Como las malas hierbas pueden con las demás y lo asocio con la gente. Vivimos una época en que lo que más importaba era el poder y el dinero y lo que menos la persona».
Le apasionan y enternecen los niños, pero no tuvo hijos, ni se casó, ni tiene pareja en la actualidad. «La vida te va llevando. No sé como sería estar casada. Dediqué y dedico todo mi tiempo al trabajo», reconoce este empresaria que cree en los equipos por encima de los nombres. Atendiendo la petición de las hermanas oblatas se hizo cargo de la formación y el cuidado de tres chicas, dos Lauras y una Lorena, que ahora tienen tres hijos, una de de 11 años de nombre Loida. Es una mujer que transmite naturalidad y sencillez, pero allá en el fondo tengo la sensación de que se esconde una Loida más compleja. «Me llevo mal con el espejo y me miro poco. Es más importante cómo me siento que cómo me veo», sentencia. «No vale arreglarse un día, hay que cuidar la piel y el cabello de forma constante. No hay milagros. El pelo es para toda la vida», aconseja esta mujer que tiene un corazón más grande que ella.
«No sé cómo sería estar casada. Y ahora ya no me caso»