Los políticos, esa clase de personas que elegimos en las urnas para achacarles, no sin razón, durante cuatro años toda clase de maldades, tienen la gran habilidad de convertir sus pecados en virtudes. Como prestidigitadores de la realidad, y sabedores de que el común de los mortales tiene menos memoria que una coliflor, presentan a sus administrados sus fracasos envueltos en papel de regalo. La concejala de Cultura protagonizó ayer una de estas sesiones de magia en la sala de prensa del Concello. Isaura Abelairas explicó como su departamento cedía graciosamente el auditorio municipal «e o equipamento técnico e escénico» a la compañía Monicreques de Kukas. Espléndido detalle.
Pero tras esa virtuosa acción se encuentra el pecado. El pecado de haber eliminado de los barrios y parroquias de la ciudad todo atisbo de artes escénicas. El pecado se llama Vigo a Escena, aquel fantástico programa que permitía a las personas que viven alejadas del centro de la ciudad ver espectáculos de teatro y danza. Sin salir del barrio. En la misma red de auditorios que se fue tejiendo dentro del asociacionismo vecinal, ese otro enemigo que se ha echado el jefe de Isaura Abelairas. Antes de que los dos llegasen a controlar el área de Cultura, Vigo a Escena ofrecía a lo largo de una temporada setenta funciones en veintitrés espacios escénicos diferentes.
Al tiempo que llevaba la cultura a domicilio, algo importante en un municipio con tantos núcleos de población, también permitía mantener un red de compañías de teatro y danza. En el último Vigo a Escena fuero quince compañías. ¿Cuántas han sobrevivido a esta cruzada contra la creatividad? Mientras contamos, seguimos viendo el milagro del pecado convertido en virtud.