Una joven marroquí repudiada por su familia por ser madre soltera trata de sacar adelante en Galicia a su hijo con parálisis cerebral
29 oct 2012 . Actualizado a las 06:00 h.Tánger está lleno de discotecas, locales de copas adonde los turistas llegan a pasar unos días en las compañías aéreas low cost para disfrutar del exotismo de sentirse muy lejos estando tan cerca. Porque únicamente catorce kilómetros separan España de Marruecos. Pero esa pequeña distancia es en realidad mucho más larga. Porque en esta ciudad del norte de África a las chicas que fuman todavía se las señala con el dedo y se les pone una cruz. Peor aún es cuando tienen un hijo fuera del matrimonio. Entonces esa cruz se llena de espinas.
A Sanaa le pasó. «Soy de Marruecos, pero mi mente no es marroquí», asegura. Es la explicación que da para describir unos valores culturales que no puede comprender. Fue repudiada por su familia, huyó a España y tras vivir en varias urbes del sur, llegó por casualidad a Santa Comba.
Ahora trata de sacar adelante ahí a su hijo, un pequeño que en unos meses cumplirá seis años al que una parálisis cerebral le impide andar. Tampoco mueve los brazos con agilidad. Precisa rehabilitación.
Busca trabajo, pero no es fácil. Solo quiere dar una vida mejor a su hijo. Mientras, el Ayuntamiento la ayuda.
Además, la Fundación Amigos de Galicia ha puesto en marcha una campaña de recogida de tapones en Santa Comba y en el resto de la comunidad para recaudar el dinero preciso para poder adaptar la vivienda de Sanaa a lo que precisa el pequeño Reda en su vida diaria. Porque tiene que andar en una silla especial con unos correajes que lo sujeten porque carece de estabilidad para mantener el equilibrio.
Esta semana ya le han llevado un colchón adaptado y una cama nuevos. Antes tenía que dormir sobre muelles. También le han llevado ropa, una estufa para pasar el invierno y, mientras no logre encontrar un empleo, también correrán con los gastos de alimentación que precise el menor. Y Sanaa, que está sola, está agradecida. Solo quiere que le den una oportunidad para darle un futuro.
La larga historia de esta joven de 25 años empezó cuando se enamoró. Tenía un novio marroquí que vivía en Italia y que cada verano venía a verla. Cayó embarazada. No podía contar nada en casa. Se lo comunicó al hombre que decía que la quería.
La huida
La primera idea que le sugirió fue la de abortar. Entró dos veces en la clínica. «Cuando me ponían la mascarilla me ponía nerviosa y no podía hacerlo, me iba y decía que iría otro día», recuerda. No volvió. Escapó. Se escondió y guardó en secreto su estado hasta que que no pudo ocultarlo más. Su familia la repudió y huyó a España con un pequeño de ocho meses bajo el brazo.
Fue a Italia a buscar al padre de su hijo, lo encontró, pero tenía otra familia. Volvió a huir con su pequeño. Vivió en Granada, luego en Alicante con unos parientes... Al final llegó a Galicia. «Tenía aquí una amiga que me dijo que había empleo, llegué, pero finalmente no lo encontré», explica.
Desgrana su vida en el salón de su casa, un apartamento modesto que calienta con la estufa de butano que le han dado. En una pared hay colgado un dibujo pintado con cera. En la de enfrente se ve un corazón con dos nombres: Reda y mamá. Y en un tercer muro hay un cuadro con fotos suyas en un cumpleaños.
Porque Reda es el único mundo de Sanaa, que se emociona al hablar de su pequeño. Y llora porque a veces se desespera, se deprime. Hay días en los que no puede más, pero lucha y pide una oportunidad, por Reda. «A lo mejor estoy sufriendo ahora lo que no voy a sufrir luego en el cielo», dice mirando a lo alto.
Recupera la sonrisa cuando habla de su pequeño, cuando juega con él. «Es muy inteligente. No tiene afectado el cerebro, solo tiene los problemas de movilidad», comenta. Y recuerda el día que llegó del colegio con aquellas pinturas. «A veces nos ponemos aquí en el salón y dibujamos», dice.
Una sonrisa
Es la hora de comer y en un momento se acerca al colegio para darle un abrazo. El pequeño la ve y sonríe. Le da la mano. Está contento. Ha venido a verlo, aunque solo un momento, su mamá.
Amigos de Galicia recoge tapones para poder adaptar la casa
del pequeño
«A lo mejor estoy sufriendo ahora lo que no voy a sufrir luego en el cielo», dice la madre