Las oscuras golondrinas

Maxi Olariaga

FIRMAS

Llueve fuera. Al amparo de los cristales de mi galería que llora sobre la calle, veo como el tiempo se desploma pared abajo como un reloj blando de Dalí. Llueve fuera y trato de adivinar el cielo que no se deja ver oculto tras una seda gris, tal vez sea un sudario, que como un velo respetuoso se perpetúa sobre los pinares del monte sagrado de San Lois hasta la ribera infecta de mi ría.

Llueve y llueve y las palomas se acurrucan nerviosas bajo el alar del tejado vecino aseando el interior de sus alas y oteando las viejas aceras en busca del alimento que una niña de ojos azules les proporcionaba en forma de migas de pan cada mañana. Ni un paraguas, ni una sola persona bajo ningún paraguas. Ni un perro ni un gato ni un caracol transitan por la cuesta que se despereza frente a mi puerta. Nada. Solo el agua, pequeñas torrenteras que saltan para esquivar los sumideros llevando a su espalda papeles y plásticos, colillas y pasos, huellas que durante el verano condujeron a los visitantes desde la alameda hasta el malecón.

Al otro lado del doble cristal se oye un rumor de voces destempladas, gritos y carcajadas veladas por la música que la lluvia, gota a gota, compone sobre el pentagrama de piedra de mi calle. Imagino que una mujer plancha camisas y sábanas mientras ve la televisión y pienso en el por qué las mujeres asumieron tanto tiempo ese papel de criar, coser, planchar, llorar y desnudarse sin un mínimo ademán de rebeldía contra sus amos ni contra sus cuchillos. Como la lluvia, agonizan cada año sobre la calle perseguidas por el monstruo con el que convivieron en una cueva iluminada, tibia y feliz que terminó por convertirse en jaula y finalmente en caverna oscura en la que los espejos y la luz se habían apagado para siempre.

Pensando en esas mujeres caí en la cuenta de que ya no estaban, de que en el aire no temblaba el filo negro y veloz de las alas de las golondrinas. Se habían ido con sus familias camino del sur huyendo del agua que los ángeles sentados en las frondosas nubes de plomo, vertían sobre la humanidad. Dejaron atrás San Xusto y Compostela y paralelas a la línea verde del Atlántico, sobrevolaban ya desde hacía días la frontera de nuestros santos hermanos portugueses camino de Algeciras. A estas horas estarían reunidas en los cables del ferrocarril aguardando la señal para el gran salto sobre el mar que habrá de llevarlas a las costas de Marruecos.

Se hizo el silencio y recordé a Bécquer y comprendí por fin que aquellas que aprendieron nuestros nombres mientras hacían piruetas bajo el sol del verano, aquellas no volverían jamás. Como nuestros sueños, como nuestras esperanzas.