Suecia, un país con química

Elena Larriba García
Elena Larriba PONTEVEDRA / LA VOZ

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Débora Otero trabaja en Uppsala en una gran multinacional desarrollando soluciones a medida para la producción de biofármacos

22 sep 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Débora Otero Sánchez es química y vive en Suecia desde hace dos años, concretamente en Uppsala, la cuarta ciudad del país. Está situada a 60 kilómetros de Estocolmo, tiene algo más de 200.000 habitantes y es conocida por ser un referente en investigación en ciencias de la salud y en biotecnología, con un hospital puntero en varias áreas y un centro de Biomédica en el que han trabajado grandes científicos como el gallego Ángel Carracedo.

«Uppsala tiene una gran catedral y es una ciudad universitaria que en septiembre se llena de estudiantes, por lo que me recuerda a Santiago de Compostela, donde estudié Química», comenta Débora.

Tras licenciarse, obtuvo una beca Barrié de la Maza que la llevó primero a Taipéi a estudiar un MBA (Master of Business Administration) en la Universidad Nacional de Taiwán, un centro muy reconocido en Asia. «Fue una magnífica experiencia que recomiendo a todo el mundo».

Ahora en Suecia trabaja como project manager para una gran multinacional desarrollando soluciones a medida para la producción de biofármacos para la industria farmacéutica. «Los biofármacos están en la base de la medicina a medida, un concepto tan en boga últimamente, que pretende desarrollar medicamentos personalizados a cada tipo de paciente. Para que se entienda mejor, estos equipos sirven para producir vacunas, hormonas o insulina, entre otros», explica.

«Mi departamento, la unidad de ingeniería, es mayoritariamente sueco -añade- y yo soy la única que no tiene los ojos azules, aunque he de reconocer que si lo vemos desde el punto de vista general, en mi centro de trabajo, que es el mayor empleador privado de la ciudad, hay gente muy diversa, de diferentes nacionalidades, y un porcentaje muy elevado vive en Estocolmo». Y es que el eje de la capital sueca con Uppsala es el motor económico del país.

El idioma no ha sido un problema para esta pontevedresa a la hora trabajar en Suecia. «Como los proyectos que realizo son para países de Asia, Estados Unidos o Europa, mi medio de comunicación es fundamentalmente el inglés. Y aunque es posible no usar el sueco en todo el día, porque prácticamente todos los suecos hablan inglés, yo creo que es importante entender la lengua del país donde uno vive y me defiendo en las conversaciones del día a día», señala.

En el aspecto más personal, Débora Otero cuenta que la vida en Uppsala es muy agradable para familias con niños pequeños, como es su caso. «Moverse en bicicleta es muy fácil y se promueve mucho su uso, hay carril bici en todos lados y la densidad de coches es pequeña». Su intención es seguir usándola cuando llegue la nieve. «A ver si me animo este invierno».

Además, «a los suecos les gusta estar en contacto con la naturaleza» y pone como ejemplo que dentro de la ciudad hay un bosque al que su hija y sus compañeros de guardería van al menos dos veces por semana. «Eso me encanta, que la niña tenga la posibilidad de jugar al aire libre lo máximo posible».

Fotosíntesis

Débora y su familia se adaptaron bien a la vida en Suecia. «Veníamos de Asia y allí las costumbres sí son muy distintas a las españolas, pero entre países europeos las diferencias son más sutiles». Para contrastes... «Los suecos no son dados a hablar alto y no les gusta que la gente hable por encima de otra, por lo que nuestras clásicas ocurrencias que se dicen en una sobremesa sin esperar a que el de al lado acabe de hablar, aquí no funcionan».

Y por su puesto, para ella, como para cualquiera, la mayor diferencia entre Suecia y España es obvia: el clima y la luz. «Los días son prácticamente eternos en los meses de verano y durante el invierno hay muy pocas horas de luz, el sol apenas tiene fuerza y cuando nieva se puede llegar a los 20 grados bajo cero. «Pero la temperatura, como ellos dicen, no importa, lo que importa es llevar ropa adecuada». En cambio, cuando brilla el sol, «todo el mundo siente la necesidad de hacer fotosíntesis», bromea.