Definitivamente, estamos reñidos con la meteorología de temporada. Hasta hace unos pocos días, cuando toda España se derretía bajo la canícula estival, aquí nos acochábamos bajo una mantita, tan ricamente. Veías los informativos y te daba la impresión de vivir en otro país. Continúan los mercurios por encima de los cuarenta grados, escuchabas a la locutora de la televisión, mientras cobijabas los pies en la manta. Maldecías haber gastado tanto dinero en el equipaje playero, al tiempo que oías en la gallega que un vendaval había levantado las tiendas en el cámping de las Cíes. Acudir a la playa era un ejercicio de voluntad motivado por la necesidad de mantener las tradiciones. ¡Hombre, estamos en verano!, respondías buscando la comprensión de quien se extrañaba de verte el 15 de agosto en bañador en la playa de A Punta o cualquier otros arenal de la ría.
Verano británico, alguien dijo. Mala leche, le respondió otro. Ahora, una vez agotadas las vacaciones, acuerda venir el verano. Y para qué si no para fastidiar. Caminas por la calle de García Barbón a las nueve y media de noche y el calor mantiene su pelea más allá de las sombras. ¿Quién se acuerda de una sola noche en agosto que no hiciese falta una rebequita?
Pero, no. No es por fastidiar. Todo está programado. Porque, ¿qué espera de nosotros el mundo? ¿Acaso que brille nuestro cielo con el sol típico del trópico? No, en Galicia llueve. Destino histórico. Y hay que cumplir. Pero ya está. Ya se fueron. Ya no hay problema. Huidos los jodechinchos ya puede brillar el sol a gusto. A partir de ahora, a la playa, que es de lo poco que se mantiene gratuito en el mundo. Ya llegará después el tiempo de preocuparse por la sequía. Ya llegarán quienes nos recuerden que en Galicia llueve, o, por lo menos, así debería ser.
Ahora, una vez agotadas las vacaciones, acuerda venir el verano y el calor
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