Es cierto que el arremeter contra el precio de la autopista del Atlántico puede llegar a convertirse en deporte, y de masas además, porque salvo los accionistas de la siempre lucrativa empresa que la explota y sus directivos, no habrá nadie que aplauda cada vez que tiene que soltar toda la calderilla que lleve encima y algo más para que le abran las barreras del peaje. Y sobre todo, si además el ejercicio pecuniario tiene realizarse tras unos preciosos minutos de atasco.
Pero si ya el precio del peaje de norte a sur se convertirá a partir del sábado en algo prohibitivo para muchas familias, no lo es menos para los usuarios habituales del sur de Galicia. Ir de Vigo a Pontevedra llegará por la gracia del nuevo IVA a cerca de 3,50 euros. Siete al día, para el que tenga que ir y venir cada jornada entre ambas ciudades. O 140 al mes, si se está en esa circunstancia laboral, que son 1.680 al año. Es decir, que muchos trabajadores le dan más de una de sus pagas anuales a Audasa.
Y no habría nada que decir, si se recorriesen los alrededor de 30 kilómetros por gusto, por llegar antes, por evitarse atascos -al menos distintos a los que se forman en las horas punta en las cabinas de peaje de Vilaboa-, o por el puro placer de conducir. Pero en el caso de los vigueses y los pontevedreses no es así. No hay otra alternativa válida para realizar ese recorrido. Y lo que es peor, no hay visos de que llegue a haber esa vía de escape.
Se han pagado diez puentes de Rande con las monedas de los usuarios de la AP-9. Se ha pagado para poder asfaltarla al menos cada diez años. Pero habrá que seguir haciéndolo y cada vez con precio más alto, porque Vigo tiene que pagar peaje para moverse, y no solo por la autopista del Atlántico.
carlos.punzon@lavoz.es
Se han pagado ya diez puentes de Rande moneda a moneda