Una vida junto al Báltico

maría conde PONTEVEDRA / LA VOZ

FIRMAS

Carlos Viscasillas es el único extranjero en el pueblo lituano de Rietavas

04 ago 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Llegó por vez primera a Lituania en el 2009 para realizar un curso de verano en la Universidad de Klaipeda y quedó fascinado. Creyó que iba a pasar frío y se llevó un montón de ropa, pero descubrió que el agua del mar Báltico «estaba más caliente incluso que en Galicia en verano». Carlos Viscasillas es ahora el único extranjero en el pequeño pueblo rural de Rietavas, y allí recaló este 2012 después de otras estancias en el país (la citada en Klaipeda, que está a 60 kilómetros, Druskininkai, Kaunas y Telsiai), y de otras en Bulgaria, Nicaragua o en México, donde estuvo en el 2011.

Cambió centros comerciales y vida consumista «por la gente interesante que conozco todos los días y con la que comparto buenos momentos». El último giro ha sido radical. Pasó, como dice, de los 46 grados centígrados de Veracruz a los -35 que vivió este invierno en Rietavas. Y no solo está el clima. «Acostumbrado al calor de los mexicanos, donde todo el mundo es tu amigo sin conocerlo, donde la gente es sonriente y acogedora, me encuentro en un pequeño pueblo donde la gente parece más cerrada. ¡El lugar perfecto para descansar, después de la adrenalina mexicana!», cuenta.

«Vivo casi como en el siglo XIX, disfrutando de la lectura, de los paseos tranquilos por el parque, de las excursiones al bosque, de la música clásica, de la bicicleta.... Hay un solo restaurante, pero abre de lunes a viernes y solo hasta las tres de la tarde». Reconoce que le costó integrarse, pero fue empezar a hablar lituano -lo consiguió en tres meses- y se le abrió, dice, «otro mundo». «Los lituanos están muy orgullosos de su lengua y les encanta que les hablen en lituano, así que he dejado de utilizar el inglés desde hace tiempo; el lituano es la lengua viva más antigua de Europa, que proviene directamente del indoeuropeo, lo más parecido a escuchar hablar a nuestros antepasados más remotos», explica.

Ahora trabaja en el Zemaitijos Kolegija, que es una escuela de educación superior en Rietavas, en el departamento de relaciones internacionales, y también colabora directamente con otras dos instituciones educativas y otras diez, en el marco de los programas Comenius y Grundtvig. En el citado pueblo también trabaja como coordinador Erasmus y en proyectos internacionales. En mayo, por ejemplo, organizaron un congreso al que asistió el profesor pontevedrés Antonio de Ron. «La educación en Lituania es una maravilla -señala-. Es muy fácil encontrar alumnos con talento y ganas de organizar actividades».

En Rietavas hubo el primer teléfono y la primera bombilla de Lituania y en esta localidad, como explica Carlos, el duque de Oginski fundó la primera escuela de agricultura y también la primera de música. Precisamente, la cultura musical es otro de los aspectos que más le atraen. «La mayoría de los estudiantes toman clases en la escuela de arte o el conservatorio, y es habitual que si alguien te invita a comer en su casa, después del almuerzo te agasajen con un pequeño concierto, algún niño se pone a tocar el piano en la sobremesa», cuenta. Pero sin duda uno de los momentos más emotivos que ha vivido fue cuando escuchó obras compuestas por su bisabuelo, Eduardo Viscasillas Blanque, músico y diplomático, en tres conciertos distintos, el último en Klaipeda hace solo unas semanas. Una de ellas, Notte in Venezia fue premiada en la Exposición Internacional de Música de 1888, en cuyo jurado estaba Verdi.

Después del trabajo, suele pasear en bici 10 kilómetros a través del bosque «para llegar a algún hermoso lago virgen que después cruzo a nado». Así cada día. «Disfruto de la traquilidad de vivir sin prisas, aparco la bici en cualquier lugar sin candado, las puertas están abiertas en las casas, ¡Cuando te llega una carta es todo un acontecimiento!... Si puedo, me quedaré a vivir aquí, Lituania es especial».

Buzón. Si conoce a algún pontevedrés en el extranjero interesando en contar su historia, envíe un correo a la dirección diaspora@lavoz.es o llame al teléfono 986 968 813.