A estas horas debe estar sentada sobre un ovillo de lana de vicuña a la vera de un sendero, sollozando la cándida Eréndira y al mismo tiempo, en Macondo, los Buendía estarán empinando el codo para olvidar la pena. Tal vez Amaranta Úrsula vague entre las tinajas de mermelada buscando la razón perdida de Gabo García Márquez y el Coronel ande persiguiendo al cartero por la avenida de plátanos que maduran abanicando al río.
A este lado del mar somos muchos los que hemos perdido la razón buscando la razón de Gabo. Así acaba la vida. Una mañana de julio te despierta el eco del papel de prensa y te traspasa el sueño con la noticia de que nuestro Gabo padece demencia senil, esa enfermedad maldita que con un cuchillo oxidado castra la memoria y los amores. Me imagino a Gabo bajo una parra balanceándose en una hamaca de lona y cáñamo viendo más allá de los muros de la finca una blanquísima línea en el horizonte que limita un cielo negro y espeso en lo que todo significa nada.
Probablemente en su mano sostiene un pañuelo de hilo orlado de ñandutí para limpiar su santa baba que se desprende como un riachuelo tenaz desde la comisura de sus labios hasta su mentón. No se da cuenta de que la Mamá Grande le susurra al oído: «Hasta yo soy mortal y a mi funeral vendrá el Papa de Roma». Gabo ya no comprende nada pero aún alza la voz y llama a Nicanor. «¡Nicanor, tráeme para entretenerme el mal, cataplasmas de mostaza y ponme unos calcetines de lana!» Delira, dice la familia. Pobre Gabo, delira. Y se abate en la hamaca que mece el aire de las uvas a las que empieza a sobrevenirles el envero.
Gabo cierra los ojos y la oscuridad se divide por la luz de los rayos que se desploman desde su cerebro enfermo en medio de una tormenta interior. Mudos son los truenos y mudo el chaparrón que rebota en las meninges como lo hacía sobre las viejas piedras labradas con las que el Coronel, doscientos años hace ya, había enlosado el porche. Gabo tiene la mente traslúcida que no transparente y la frontera de la opacidad se acerca severa e imperturbable a las puertas de su alma.
Gabo se derrite como los helados de papaya y nata que José Arcadio Segundo les compraba a las mozas en las fiestas paganas. Su yo vestido de gala se marcha viña abajo como una torrentera, un río desbocado como un potro cimarrón montado a duras penas por un jinete de papel ahíto de adjetivos, pleonasmos y metáforas.
Gabo se nos ahoga en su propio río ahora incoloro, insaboro e insípido como agua de laboratorio, agua primaria a la que se le ha privado de la hermosura de los accidentes gramaticales que él guardaba en una naveta de oro bajo la penumbra noble de su mesa de carey. Gabo duerme bajo la parra y la hamaca se balancea empujada por la brisa de cien años de soledad. Dicen los médicos que su cerebro está muerto y que en su interior si escarbáramos solo encontraríamos la nada. Pero acaso no sea así y por eso yo le escribo y lo harán millones de seres humanos recitando su prosa como jaculatorias. Gabo tiene quien le escriba y tal vez su muerte sea como la de Úrsula en la que las rosas olían a quenopodio. No le olviden nunca. Él no lo hará. Su memoria está en sus libros.
La instalación de una red de pluviales y la pavimentación en el lugar de Cubelo, en la parroquia ribeirense de Carreira, ha llegado a su fin. Se trataba de solucionar la acumulación de agua cuando llovía, lo que ocasionaba diversos problemas. La actuación contó con un presupuesto de 45.730 euros
El Plan de Inclusión de la Consellería de Traballo e Benestar beneficiará a siete personas procedentes de Ribeira y O Son. Se formarán para obtener el permiso de conducir tipo B. El objetivo de este programa radica en la mejora de competencias de cara a poder entrar en el mercado laboral.
La plataforma de afectados por las preferentes de Arousa norte continúa con sus movilizaciones. Para el martes han fijado una concentración en Boiro, de 10.30 a 12.30 horas. El jueves se trasladarán a Noia, donde permanecerán ante la sucursal bancaria desde las diez.