En las entrañas de un geriátrico

FIRMAS

VÍTOR MEJUTO

En el centro de mayores de Volta do Castro no hay ninguna tregua. Aquí el trabajo no se puede dejar para mañana. Cada día ha de estar todo perfecto para cuidar a 142 mayores dependientes

11 jul 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Unos 400 kilos de ropa sucia se acumulan en la lavandería del centro público de mayores Volta do Castro, en Santiago. Una cosa es decirlo. Otra verlo. Alicia y Pili tienen siete horas y media para lavar -con ayuda de la máquina-, planchar, doblar o repartir ese inmenso océano de sábanas, toallas o ropa interior que se acumulan en esas dependencias. Son parte del personal laboral que trabaja ahí, en un lugar en el que todo ha de funcionar como un cronómetro suizo. Porque el cuidado de 142 mayores con diferentes tipos o grados de dependencia no puede dejarse para mañana.

Por eso los camareros se organizan en dos turnos que se extienden durante todo el año, igual que el personal de sanidad, con la diferencia de que estos últimos han de hacer una tercera ronda de noche. No paran. «Hay que trabajar los 365 días del año, pero desde abril no nos compensan los domingos», explica la subgobernanta, que aprovecha para recordar que también son parte de esos empleados públicos a los que les han bajado un 5 % el sueldo.

Las que hoy están en la lavandería son dos de las personas que dan cuerda a ese reloj suizo. Igual que hace Carmen, que da lustre al suelo en el tercer piso. Durante la jornada laboral ha de limpiar las 36 habitaciones, los baños y los tres comedores que hay en esa altura.

Ahí es donde tanto enfermeras como auxiliares, otra de las piezas fundamentales del reloj, tienen más trabajo porque es donde están los mayores más dependientes. Son ellas o ellos los que están pendientes de darles los medicamentos o la comida. Y son también los que han de mudarlos o ayudarles a cambiar de postura en la cama.

Es hora de comer. Directamente de los fogones llega el almuerzo en bandeja a esa tercera planta, igual que a la primera. Solo para los que no pueden bajar al comedor general porque tienen problemas de movilidad o porque la vida les ha pasado una goma de borrar por la memoria.

Mientras suben las bandejas, en la cocina empiezan a preparar el servicio de comida en el comedor. Los comensales se reparten en mesas de cuatro. Los 22 usuarios del centro de día tienen su propio comedor.

Y cada dieta tiene un color. Cada gama es la marca que indica qué tipo de menú es. Hay que estar atento. Porque, como explican en la cocina, tienen «cuatro dietas diferentes. Hay una normal, otra para diabéticos, otra para gastrohepáticos o la de astringentes». Pero dentro de esas aún hay más variantes. Además pueden servirse con una textura normal, troceado o en papilla.

No es para cualquiera. El trabajo en una cocina como esta tiene su aquel. Hay mucho que pensar.

Igual que lo tiene estar en la sala de rehabilitación, en la enfermería, en la sala de estar o en el cuarto donde cada tarde intentan que hagan mariposas de papel para ayudarles a recordar que un día vieron volar a las de verdad al aire libre.

EN Santiago, UN Jueves DE 12 a 14 horas