A principios de siglo, Antonio Formoso estudió en América ingeniería química. Ya en Galicia publicó «folletitos» que se acabaron convirtiendo en una biblia para químicos industriales. Ahora, su familia dona al museo su aula de experimentación
09 jul 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Apenas tenía 15 años el coruñés Antonio Formoso Permuy cuando decidió hacer las maletas y marcharse a Estados Unidos para buscar un futuro que en España no encontraba. Corría el año 1910 y su afán «por conocer el porqué de las cosas» -según recuerda su hijo Jorge Formoso- lo llevó a estudiar ingeniería química, y a comenzar a investigar y a realizar toda clase de experimentos, hasta que descubrió una fórmula para platear los espejos sin necesidad de utilizar calor.
La venta de esta patente le dio enormes beneficios y volvió a España con la intención de pasar una temporada y regresar más tarde a América. «Pero conoció a mi madre, y ya se quedó en A Coruña. Entonces empezó a publicar unos pequeños folletitos donde explicaba el proceso de fabricación de jabones, espejos, productos de limpieza, pinturas... Algo de lo que aquí no se sabía nada», apunta su hijo. Todo este trabajo de experimentación derivó en el libro Formoso, 2.000 procesos industriales al alcance de todos, que se ha convertido en una verdadera biblia para los químicos industriales, y que ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo.
De hecho, ya se han publicado 14 ediciones, muchas de ellas continuadas por Jorge Formoso y su hermano Antonio. Ambos siguieron los pasos de su padre y, además de ir introduciendo nuevos avances, también crearon una consultoría de química industrial. Ahora que ambos ya se han jubilado han querido donar el laboratorio de experimentación, donde tantas horas pasó trabajando su padre, al Museo Nacional de Ciencia y Tecnología (Muncyt). Miles de piezas, productos químicos, balanzas, mezcladoras, planos y hasta probetas de hace más de cien años forman parte de esta colección de una de las personas más importantes en la química industrial de nuestro país. Jorge Formoso considera que poder ver el laboratorio de su padre en el Muncyt es una manera de «homenajearlo y reconocer el gran trabajo que hizo».
Pero además de la sala de experimentación, la familia Formoso también está estudiando la posibilidad de donar el despacho que su padre tenía al lado. La estancia contiene muebles tallados a mano con la última madera de caoba traída de Cuba, y con la que también se construyó el salón de plenos del palacio municipal de María Pita. Mesas, sillas, armarios, estatuas y estanterías decorados con símbolos químicos forman parte de esta habitación, que también tiene su hueco en la historia de la química industrial.