Ayer se conmemoró el 100 aniversario de la partida del Titanic. Mientras los descendientes de las víctimas de la mítica tragedia lanzaban flores al mar en el puerto de Southampton, en el Parlamento gallego se aprobaba la creación del Área Metropolitana de Vigo. Acontecimientos tan dispares produjeron a quien esto suscribe una inesperada asociación de ideas. Los políticos que debatían la creación del organismo supramunicipal eran, en cierto modo, como la orquesta del afamado trasatlántico que tocaba mientras el barco se hundía en aguas de Terranova.
Todo se derrumba a nuestro alrededor, con medio país en el paro y el otro medio acongojado ante los recortes, y ellos a lo suyo: creando un nuevo chiringuito. En descargo de los músicos del Titanic hay que decir que ellos lo hicieron para calmar a los pasajeros. No así los impulsores del Área Metropolitana que, ajenos a la realidad, se dedican a crear otra Administración y a duplicar competencias cuando lo que toca es reducir el gasto público. ¿No había que fusionar ayuntamientos, cargarse diputaciones y rebajar la nómina de funcionarios antes que montar un parlamento comarcal que requiere financiación y personal? La cuestión no es quién preside sino quién paga y para qué.
Como llegue a oídos de Sarkozy, que está subiendo como la espuma en las encuestas a medida que habla del despilfarro español, tendrá la campaña resuelta. Peor aún: si se entera la prensa alemana que gusta de contar que el Despacho Oval es más pequeño que el de la alcaldesa de Madrid, hará un reportaje diciendo que la prueba de que España se va a pique es la orquesta de Cámara que ayer seguía tocando en O Hórreo.
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La cuestión no es quién preside el Área Metropolitana sino quién la paga y para qué