En 1999, Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) era una compañía modelo, con ventas por valor de 4.100 millones de euros al año, y una ganancia neta de 430 millones. Tenía entonces yacimientos en Bolivia, Perú, Ecuador, Estados Unidos, Indonesia y Rusia. Exportaba el 30 % de su producción. Sus costes de extracción y refinación de crudo eran inferiores a los de las principales petroleras del mundo. ¿Por qué venderla?
El presidente argentino era Carlos Menem, que emprendió una privatización de todas las empresas estatales, como Aerolíneas Argentinas, que fue vendida a Iberia. Desde el Gobierno se esgrimieron tres razones para desprenderse de la empresa: da pérdidas, la corrupción está institucionalizada y el Estado no está en condiciones de realizar inversiones de capital de riesgo en exploración de hidrocarburos.
Menem y su ministro de Economía, Roque Fernández, escuchaban ofertas. Fue el propio rey de España quien le comunicó al presidente argentino que Repsol estaba interesada en comprar las acciones de YPF. Los españoles pagarían un precio superior al de mercado. La oferta que hizo la compañía española parecía irresistible: 45 dólares por acción, cuando su valor real de mercado era de 33 dólares.
Beneficios para todos
En las reuniones que mantuvieron los directores de YPF con el ministro Fernández, este siempre explicó que no podía rechazar la oferta de Repsol «por razones de caja». En febrero, cuando el Gobierno vendió un primer paquete de acciones del 14,99 %, Fernández recibió casi 400 millones de euros más de lo que habría recaudado si hubiera ofrecido los títulos en el mercado.
Unos meses más tarde, en octubre de 1999, Repsol adquirió la casi totalidad de las acciones. Como dato curioso se puede agregar que, entonces, el gobernador de la provincia de Santa Cruz, una región de explotación de hidrocarburos por excelencia, fue uno de los que más bregó por la privatización de YPF. Aquel hombre se llamaba Néstor Kirchner.