«Exagerar y mentir, por un mismo camino suelen ir». El refranero español nos deja esta perla que bien puede aplicarse a nuestro mercado laboral. A mediados de los noventa, todos teníamos inglés nivel medio. Era lo que se ponía en el currículo, gracias a años de estudio en EGB, BUP y COU, y en la práctica quería decir que apenas podíamos contestar Yes, I do si un turista nos preguntaba si sabíamos cómo ir a un restaurante.
Hoy ocurre lo contrario. La generación que trata de acceder al mercado laboral es la mejor preparada de la historia, pero se ha topado con un paro juvenil del 48 % (el 17?% en el 2006). El doble de la media de la UE y cuatro veces la media mundial. Por eso, se ven obligados a mentir y eliminar conocimientos de su currículo para evitar no ser contratados por exceso de preparación. Un vaso de agua medio vacío es también uno medio lleno, pero una mentira a medias de ningún modo es media verdad.
Está claro que algo no funciona. Hay una desconexión total entre lo que demandan las empresas y lo que ofrece nuestro sistema educativo. Hemos asimilado que sin una titulación universitaria no eres nadie, y ahora nuestra economía es incapaz de absorber a tantos licenciados. Además, si tenemos en cuenta que somos el país europeo con mayor número de ninis (ni estudian ni trabajan), un 26 %, la conclusión es aún más clara. Las universidades continúan fabricando parados para un mercado laboral deprimido que demanda perfiles de menor formación.
Siempre se pueden buscar oportunidades en otros países, lo cual es muy enriquecedor. Por ejemplo, Alemania tiene un paro juvenil de apenas el 8 %. Pero habría que intentar generar también esas oportunidades aquí.
Decía Mark Twain que hay tres clases de mentiras: la mentira, la maldita mentira y las estadísticas. Aquí parece que las estadísticas no engañan, porque echando un vistazo a la calle se ve todo incluso peor. El problema es que con una mentira suele irse más lejos, pero sin esperanzas de volver. Aunque siempre nos quedará el Erasmus.