En algunos casos, como el de Garcilaso de la Vega, la naturaleza aparece como un oasis de belleza absoluta y también como un adecuado escenario donde el autor puede expresar sus sentimientos. Se convierte en el llamado locus amoenus (que significa lugar agradable o deleitoso), el cual, hasta bien entrado el siglo XVI, era el motivo central de todas las descripciones de la naturaleza.
A la sombra holgando
de un alto pino o robre
o de alguna robusta y verde encina,
el ganado contando
de su manada pobre
que en la verde selva se avecina,
plata cendrada y fina
y oro luciente y puro
bajo y vil le parece,
y tanto lo aborrece
que aún no piensa que dello está seguro,
y como está en su seso
rehúye la cerviz del grave peso.
Convida a un dulce sueño
aquel manso ruido
del agua que la clara fuente envía,
y las aves sin dueño,
con canto no aprendido,
hinchen el aire de dulce armonía.
Háceles compañía,
a la sombra volando
y entre varios olores
gustando tiernas flores,
la solícita abeja susurrando;
los árboles, el viento
al sueño ayudan con su movimiento.
(Garcilaso de la Vega: «Égloga II»)
1 El «locus amoenus»
6 El mundo rural y la infancia
Es muy frecuente, también, en la poesía actual, encontrar evocaciones poéticas de la naturaleza, concretadas en el mundo rural como algo limpio e ingenuo, que recuerda el mundo infantil y auténtico del poeta, si este ha tenido esa experiencia vital en su infancia. Se identifica aquel mundo con lo mejor de uno mismo; se añora porque encierra también el recuerdo melancólico de un tiempo pasado, sencillo y feliz.
ALGO EN MÍ
Tourón, Ponte-Caldelas,
Tierra de Cotobade.
Los montes de mi estirpe:
ásperas cumbres, prados sosegados.
Augas Santas, Famelga.
De las rocas y el tojo
por donde en los inviernos ronda el lobo,
reconozco algo en mí,
y de esos verdes líquidos
en los que se recuestan apacibles las vacas,
algo también.
Loureiro, Carballedo,
As Lagóas, Xesteira, Vilanova.
De pronto, huraña y tierna,
es mi alma lo que veo
extenderse en la tarde ilimitada.
(Miguel D?Ors: «Sol de noviembre»)
3 «Alabanza de aldea»
En el interés mostrado por los poetas del Renacimiento, especialmente en destacar la belleza y el encanto de la vida natural, en la sencillez propia de la naturaleza, alejados de los agobios e insidias de la ciudad debidos al afán de fama y riqueza, surge una nueva orientación poética centrada en el llamado Menosprecio de corte y alabanza de aldea, título de una obra en prosa pionera en esta temática de fray Antonio de Guevara, fraile franciscano que llegó a ser obispo de Mondoñedo en la primera mitad del siglo XVI.
Estése el cortesano
procurando a su gusto
la blanda cama y el mejor sustento;
bese la ingrata mano
del poderoso injusto,
formando torres de esperanza al viento;
viva y muera sediento
por el honroso oficio:
y goce yo del suelo,
al aire, al sol y al hielo
ocupado en mi rústico ejercicio,
que más vale pobreza
en paz que en guerra mísera riqueza.
Ni temo al poderoso
ni al rico lisonjeo,
ni soy camaleón del que gobierna;
ni me tiene envidioso
la ambición y deseo
de ajena gloria ni de fama eterna.
Carne sabrosa y tierna,
vino aromatizado,
pan blanco de aquel día,
en prado, en fuente fría,
halla un pastor con hambre fatigado.
(Lope de Vega: «La Arcadia»)