¡Pero, qué bien se vive en la aldea!

La despoblación se ceba con Ortigueira, con excepciones como el lugar de Sixto


Ortigueira

En dos décadas, Ortigueira ha perdido el 31,4 % de la población, cayendo de 8.893 habitantes a 6.093 (a 1 de enero de 2016). Y lidera la relación de ayuntamientos coruñeses con más núcleos vacíos, por encima de un centenar. Pero hay excepciones, como la aldea de Sixto, en la parroquia de San Claudio, con 25 o 26 residentes, según quien los contabilice, y solo una vivienda desocupada (los propietarios de otras dos casas residen entre Sixto y A Coruña). El envejecimiento es otro de los males que acechan el municipio y la comarca, y del que este núcleo situado en una ladera del valle de San Claudio, en la Volta de Arriba, se libra, al menos de momento, con solo cinco jubilados y siete chavales. La abuela, Basilia, tiene 86 años, y la benjamina, Sheila, cinco.

El perro «Rex», «Paciencias»

Nada más entrar en la aldea, donde se cruzan cinco caminos, uno de ellos real, el visitante se encuentra a Rex, un perro de edad indeterminada, apodado Paciencias, que sestea en medio de la vía y solo se aparta en caso de necesidad -«hay que pedírselo por favor», apunta Pepe, que ejerce de anfitrión y agasaja con roscón y champán a sus paisanos y a la advenediza-. El can apareció hace ya mucho tiempo. «Estaba en un campo con mis padres, vino y se quedó a mi lado, mi madre dijo que esperáramos 15 días y si nadie lo reclamaba nos lo quedábamos; era verano», cuenta Marcos. Con 15 años, es uno de los vecinos más jóvenes, que recorre a diario los más de 500 metros de distancia hasta la carretera general para subirse al autocar que le lleva al IES de Ortigueira (a unos ocho kilómetros). 

Su hermana, Jennifer, tiene 21 años y estudia Filología Francesa en Santiago, pero regresa a casa cada fin de semana. La Mesi de Sixto, como la conocen sus convecinos por su habilidad con el balón en el equipo de la UD Cebarca, de A Barqueira, prefiere el pausado ritmo de vida de su aldea al ajetreo de A Coruña, donde vivió dos años. Su padre, Vicente, de 47, también valora el sosiego del campo: «Es la tierra de mis padres, he nacido aquí y siempre me ha gustado». 

Maratón vital y tranquilidad

Cristina, de origen salvadoreño, y su marido, Otto, suizo-alemán, recalaron en este rincón de Ortegal hace solo seis años. «El maratón de nuestra vida ya lo corrimos y ahora queremos un poco de tranquilidad», resume esta mujer, que lleva cuatro décadas entre Europa -ha residido en Alemania y en Grecia- y los países árabes. Otto, quien sugirió la idea de establecerse en Sixto tras un viaje turístico, asiente. Después de una vida de «mucho ruido», por su trabajo de ingeniero mecánico en el metro de Stuttgart, agradece la paz.

«Somos buena gente, no hay rencillas. A lo que pudo existir antaño, yo le llamo cabreos de un cuarto de hora», resume Pepe, que pasó 38 años en la ciudad herculina, pero siempre añoró sus raíces y ahora dispone incluso de una bodeguilla con lareira y dos terrazas M, «musicales o mitineras», aclara. Su hermano Andrés, de 74 años, recuerda la aldea bulliciosa de su juventud y se alegra de que aún quede gente, nada menos que de cuatro nacionalidades. David, cariñés de 21 años, ha sido el último en asentarse en Sixto, junto a sus padres. «Lo mejor es la calidad de vida y la gente. En el pueblo todos te miran y nadie te ayuda, aquí te saludan todos y de buena fe», ensalza el Schumacher local, el mote que cita Cristina. «Al mes y medio de estar aquí ya tenía trabajo, de camarero», relata, muy contento por la mudanza. 

Extraordinaria normalidad

A Sixto acuden cada día tres repartidores de pan -de las tahonas Dolan, Giz y Montoxo- y dos tiendas móviles surten a los lugareños una vez a la semana. De las cinco fiestas que se celebraban en la parroquia, aún se conservan tres, la romería de Xilde, las patronales de San Claudio y las de la Virgen de los Dolores, en A Rocha, allí mismo. «Sixto es un lugar antiguo, normal, en una parroquia normal, de toda la vida; no es una novedad reciente», corrobora Pepe. Tal vez la normalidad sea lo que hace de Sixto un lugar extraordinario, que permite exclamar, sin titubeos, ¡pero, qué bien se vive en la aldea!

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