Un cuarto de siglo con joyas a motor

El naronés Jose López lleva 25 años con su colección de clásicos, que suele sacar a pasear en verano «si no llueve»


Narón

El pasado 17 de noviembre cumplió 47 años y no dudó en hacerse un autorregalo: un Porsche 911 Turbo negro, que «le suele gustar a todo el mundo». Salió en películas como Men in Black o, últimamente, en la serie Fariña. Un año antes, también al soplar velas, pasó a formar parte de su colección un Plymouth convertible de 1948 «espectacular, de seis plazas», muy de Grease. José López Brea (Róterdam, 1970) es el que, detrás de la puerta de un garaje en Narón, esconde la mayoría de estas joyas, que empezó a reunir hace un cuarto de siglo. «En los Países Bajos, donde me crie, el Toyota Celica era como el Seat 124 en España. Por eso, como fue el primero que compré, para mí es la joya de la corona, el intocable», subraya.

De hecho, cuando con 27 años se vino al municipio naronés, no dudó en traerse ese vehículo consigo. «¡Tenía claro que no se iba a quedar allí! ¡Qué va, qué va! Dejaría todo menos el coche», deja claro José, que regenta desde hace más de dos décadas la empresa Deal, un taller de mecánica rápida, sobre todo de neumáticos, y de compra-venta. Además, ahora es uno de los pocos que transforma coches de gasolina a gas licuado del petróleo (GLP).

En el garaje que abre para La Voz aparece, por delante, un Porsche 914 de 1975. Este es rojo, pero antes ya lo tuvo en blanco y en gris. «No los compro para vender, pero al tener tantos, hay que ir haciendo hueco a los nuevos», explica. Este Porsche es «muy significativo» para él, al ser el primer coche que utilizaron las policías holandesa y alemana para conducir por la autopista. «Lo eligieron porque la marcha atrás va muy rápido», detalla.

Por otro lado, también destacan los que suele alquilar para las bodas: un Ford Deluxe de 1940 o un Jaguar MK IX. Este último, «típico de Casa Real», tiene líneas redondeadas, con detalles en madera y mucho cromado. Además, aunque no en ese espacio, tiene un tipo Morgan descapotable y hasta hace unos años tuvo una limusina blanca. 

«El rosa fue un atrevimiento»

Al fondo del garaje se asoma un DeSoto Firesweep de 1959, muy americano. «El rosa fue un atrevimiento, la gente me decía que adonde iba con un coche rosa. Pensé en cambiarle el color, pero al final me negué», asegura. Su amplitud, con asientos corridos delante y detrás, y sus 5,52 metros llaman la atención. «Es impresionante, muy distinto a los demás. Es de esos coches que ves pasar y te acuerdas», añade. En el interior lucen un volante con nácar, un cambio de marchas de botones o un espejo retrovisor ubicado en el salpicadero.

Eso sí, todas estas joyas no salen a la calle si cae alguna gota del cielo. «El agua se mete por todos los rincones y es muy complicado sacarla. Y lo mismo ocurre al lavarlos. Por eso, procuro tenerlos limpios, pero no usando la manguera», comenta. Es por eso que suelen salir a la calle en verano -«día a día es un riesgo», dice-, siempre que no llueva y los pueda tener controlados donde los aparque.

Y cuando salen a la luz, no faltan fotografías de los que lo ven. «No me importa, yo también le saco fotos a otros coches», señala, feliz «porque cada vez hay más afición a los clásicos, sobre todo entre los jóvenes, que antes los veían como coches viejos y ahora ven que no es lo mismo».

Sus cuidados vehículos y muchos más se podrán ver el próximo fin de semana en As Pontes y el 3 de junio en Narón, donde se celebrarán sendas concentraciones de clásicos. Una forma de viajar al pasado a cuatro ruedas sin salir de la comarca.

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