José Antonio Ladra: «Hay quien da las gracias y quien olvida»

En Xestoso, su primera parroquia, descubrió su don para encontrar agua y se hizo zahorí


San Sadurniño

Todo comenzó en San Martiño de Belesar (Vilalba), donde nació José María Ladra hace 85 años. Hijo de labradores, mientras sus hermanos mayores ayudaban a sus padres en el campo él preparaba la comida, siguiendo las indicaciones de su madre. De adulto apenas ha cocinado. «No me han dejado tiempo ni para dormir y ahora estoy buscando descansar un poco». Inició la formación sacerdotal en el monasterio de Lourenzá, ya que en Mondoñedo, donde la completaría, «no había sitio suficiente para tanta matrícula, 385 o 387 alumnos». Hoy escasean las vocaciones, el clero envejece y él sigue atendiendo las parroquias de Naraío e Igrexafeita, donde lleva medio siglo, y Ferreira, 25 años (en San Sadurniño); y Doso, en Narón, 32.

«Al acabar la carrera me mandaron a Xestoso [Monfero] y ahí estuve seis años menos dos meses, encantado con la gente. Viví tres años en una cabaña, entre aperos de labranza, era joven y no sentía tanto el frío. Después construí la casa rectoral, con más de la mitad del dinero de mi bolsillo; y un grupo escolar, para el que conseguí una subvención», relata. Allí se hizo zahorí. «De casualidad, pasaba por un camino y me encontré a un señor con una varita, le di las buenas tardes y me dio una risotada. ‘Vostede non cre, pois élle certo’, me dijo. Se acercó y me explicó cómo se hacía, cogí la varita y noté que se movía, que tiraba hacia abajo, pero no le dije nada».

Meses más tarde necesitaba agua para la rectoral y probó. «Con una varita de sauce, llamé a dos señores para abrir un pozo artesiano y apareció pronto el agua, en el punto exacto que les había indicado... La gente empezó a decir ‘o cura sabe buscar a auga’ y empezaron a llamarme, pero les di largas, no me fiaba de mí mismo, quería estar seguro, hice un montón de pruebas y después sí iba a ayudarles». Todo por la radiestesia, la facultad de percibir las radiaciones electromagnéticas. «Es un don, varios vinieron a que les enseñara, pero no tenían cualidades y así es inútil». En casi 48 años ha localizado más de 1.400 manantiales en Galicia y alguno en Asturias. «Hubo años que busqué 62... Ahora, menos». 

El apaciguador

De Xestoso a Naraío. «Cuando llegué, el piso de la rectoral se derrumbaba y la nave de la iglesia se estaba hundiendo, me ayudaron los vecinos a cubrirla con bovedilla, más barata. Aguantó casi 40 años, hasta que en 2007 se arregló toda la iglesia», cuenta. Entonces, Naraío solo estaba comunicado por carretera con As Pontes. «Había que entrar en botas, aun en verano, por las corredoiras. Mi intención era hacer una pista de unos dos kilómetros por el centro de la parroquia, animé a la gente, trajimos una pala y extendimos la piedra. Les gustó y quisieron abrir accesos a sus casas, pero los vecinos no siempre se llevaban bien, había que coger terreno para ensanchar los caminos y tuve que andar de apaciguador...», narra.

El sacerdote dinamitero

«El problema más gordo vino en el sur de la parroquia -recuerda-, es todo granito y ninguna máquina entraba. ¿Solución? Fui a hablar con el dinamitero, ‘voy, pero tienen que venir a buscarme y a traerme, darme la comida, conseguir la dinamita y pagarme cinco mil pesetas al día’». «Me va a resultar mucho más cara la salsa que la sardina», pensó, y decidió acudir a una gestoría de explosivos en A Coruña. «‘Le facilitamos la dinamita, pero ¿quién la va a manejar?’ Yo. ‘¿Está preparado?’. No, pero si me dejan un libro estudio». Dos días después firmó la compra de 700 kilos. Durante cuatro años, José María viajó a la ciudad herculina una o dos veces a la semana (en ir y volver tardaba cerca de ocho horas) a buscar los explosivos. «Tráfico solo me permitía llevar 50 kilos cada vez en el coche». En Naraío y, menos, en Igrexafeita, abrió, con apoyo vecinal -«al principio solicité ayuda del Ayuntamiento y me dio la callada por respuesta»- 32 kilómetros de pistas, machacando y rastrillando a mano la piedra.

Fotógrafo sin galería

De los muchos oficios que ha desempeñado este sacerdote destaca el de fotógrafo, «sin galería», precisa. «Cuando llegué a Xestoso la mayoría de los vecinos no tenía carné de identidad y a otros les había caducado. Fui a Ferrol a la Policía y se lo expliqué. ¿Qué hago? ‘Solucionarlo, se compra una máquina fotográfica, les hace las fotos, cubre los impresos y un día vamos al ayuntamiento’. Voy a exigir algo yo, desde Xestoso hay casi 20 kilómetros, no hay transporte y para los ancianos es imposible; tienen que ir a la parroquia. Accedieron y la primera vez preparé a 418 personas. En Naraío ocurría algo similar, pagué el carné de fotógrafo durante 19 años».

Primero revelaba en As Pontes y en Naraío habilitó su propio cuarto oscuro. «Siempre hay quien da las gracias... Y quien se olvida». Ahora está escribiendo sus memorias. Durante medio siglo trabajó para restaurar las iglesias y las capillas de las parroquias que atiende; se empeñó en construir un cementerio en Naraío -«me costó una lucha que llegó al Tribunal Supremo»-; creó la Cooperativa de Productores del Campo (hoy fusionada con la de Meirás), que gestionó durante 25 años, «sin sueldo ni seguro», con una sección de crédito «que permitió hacer 61 viviendas nuevas»; y compró terrenos para el campo de fútbol, el de la fiesta y el polideportivo.

¿De dónde sacó el dinero? «Hubo ayudas de vecinos, el Obispado, la Diputación; pero la mayor parte la puse yo, vendí toda mi herencia, en vez de dejársela a los sobrinos la he repartido para los feligreses». Todo, subraya, «por la necesidad que veía de mejorar el campo», consciente hoy de que perseguía una quimera, frenar la marcha de los jóvenes y el abandono del rural.

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