«Se pode ser, non me matedes»

Al taxista Constantino López le pusieron una pistola en la cabeza mientras conducía y lo ataron a un árbol el 8 de agosto de 1988

«Se poder ser, non me matedes» Constantino López fue secuestrado hace 30 años: le pusieron una pistola en la cabeza mientras conducía y le ataron a un árbol

PONTEDEUME

Pasaron 30 años, pero Constantino López Seco, conocido como Ayón por su lugar de nacimiento (Grandal, Vilarmaior, 80 años), recuerda cada detalle. «Iso queda gravado aí», dice señalándose a la cabeza. En el mismo lugar, la madrugada del 7 al 8 de agosto de 1988, lo encañonaron con un arma mientras conducía su taxi. «Tocoume a min como lle puido tocar a outro», se excusa.

A las dos de la mañana, Constantino se encontraba trabajando y, al llegar a la parada de Pontedeume tras un servicio, no encontró a ningún compañero y se colocó primero. «Ao pouco, chegou unha rapaza e, a uns tres metros de min, dime: ‘Pódesnos levar ás Pontes?’. Aceptei, e pensei que, coma todos, subiría ao coche, pero agardou a que lle abrira eu desde dentro. Cando estaba sentada, sentín abrir a porta de atrás e un rapaz sentou detrás miña. ‘É que imos os dous’, explicoume ela». Así comienza el relato de aquella noche, mientras su mujer, aún tres décadas después, no puede contener las lágrimas.

«Collín a estrada das Pontes -continúa Constantino- e, a verdade, a rapaza era moi agradable e falangueira». El taxi siguió su camino y hubo un momento en el que ella se giró hacia atrás. «Dásme o chisqueiro?», le dijo a su compañero. «El remexeu e, coa mesma, sinto que me pega unha puñada na cabeza e me pon unha pistola». En ese momento, la conversación fue más o menos así:

-Non te movas. Se intentas algo, a miña misión é matarte.

-Facede o que queirades, pero, se pode ser, non me matedes.

-Aparca aí.

El taxista siguió sus indicaciones y se apartó de la carretera.

-Non che imos facer dano ningún, sempre e cando cumpras o que nós che digamos.

La rapaza lo mandó colocarse donde estaba ella, pero sin salir del habitáculo. Así que Constantino pasó por dentro al asiento de copiloto y ella se puso al volante. En ese momento, pasó un coche. «Non van ver a manobra e non me van salvar», pensó. Después de mandarle poner las manos encima del salpicadero y la cabeza debajo, escondida, volvieron las amenazas: «Non che imos facer nada. Somos do Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive. Agora ben, se intentas algo, matámoste». El coche siguió su marcha y el taxista también escuchó un «todo marcha ben».

Después de entrar por una pista, el vehículo se volvió a detener. «Había algún coche máis. A rapaza baixou, meteume un pano na boca, precintouma e tamén me amarrou as mans con cable eléctrico. Logo andaron metendo cousas e subiu outra muller. Seguiron para arriba co outro coche detrás, ata que chegaron ao sitio», rememora. El lugar estaba a pocos metros del antiguo estercolero de Cabanas. «Baixa», le dijeron. «Camiñei detrás delas -sigue relatando-, mentres el me apuntaba coa pistola. Volveume dicir que, se intentaba algo, xa sabía o que me quedaba. Eu pensaba coa miña imaxinación: ‘Agora vaime dar o tiro de graza’». Lo sentaron en un eucalipto, le pasaron una cadena por el torso y otra por las piernas, y las ataron con sendos candados. 

«Cadrouche a ti»

«Non é que foramos por ti. Cadrouche a ti como se lle cadra a outro. Vas quedar aquí, nós imos chamar cando poidamos e vaite liberar a policía. O coche, se hai sorte, xa cho entregarán. Aquí quedan as chaves dos cadeados [en un montículo de tierra]», le dijeron al irse, antes de tocar el claxon «coma quen, ata logo».

En mitad de la madrugada, empezó a luchar por liberarse y acabó consiguiéndolo. «Como puiden, non sei como si, nin como non, desamarrei as mans. Pensei que non sería capaz, pero fun soltando e soltando. Despois busquei as chaves, pero non as atopei. E, tampouco sei como, liberei as pernas», cuenta. Acto seguido fue monte abajo hasta las casas más cercanas, en el lugar de O Cotiño, en Cabanas. Despertó a la familia que regentaba la tienda de Fonfría, donde sabía que había un teléfono. «Acaban de roubarme o coche. Son Ayón, o taxista», les dijo. La Guardia Civil y un par de compañeros taxistas se presentaron allí. Cuatro horas después, todo había acabado. «Si que debeu ser o meu peor día como taxista», valora Constantino, que ejerció durante 45 años.

Los secuestradores también habían llamado para avisar, a las siete de la mañana, a la Cruz Roja de Laraxe. Su coche apareció a las diez en Caranza, y ellos fueron detenidos esa semana. ¿Qué había pasado antes? Una vez robado el vehículo, se dirigieron a la plaza de España de Ferrol, donde atentaron con explosivos en la estatua ecuestre de Franco. Gracias a ir en el taxi, pudieron despistar a la policía aún habiendo aparcado al lado de la efigie.

Después de lo ocurrido, acudió a San Andrés de Teixido casi cada año y siguió conduciendo «igual ca antes». Ahora, con un aspecto inmejorable, aprovecha en la aldea su merecido retiro.

«El meteuse na cama e non me dixo nada, pero tremía e tiña as mans inchadas»

Mientras Constantino relata la historia, su mujer, Higinia Vila Iglesias, Genucha (69 anos), se seca las lágrimas y suspira sin parar. «Ai, madre! Foi moi duro todo aquilo, tiñamos tres fillos (17, 16 y 8 años)», cuenta. Ese día, su marido llegó a primera hora de la mañana a casa. «Meteuse na cama e non me dixo nada, pero ben notaba que tremía coma un xunco e tiña as mans todas inchadas de pelexar coa corda», recuerda Higinia. «Eu só lle comentei que me roubaran o coche», se acuerda también él. Poco después, llegó un vehículo. «Tino, está aí a Garda Civil», le dijo. Se lo llevaron y, al final, acabó enterándose entre los rumores y las noticias.

«A el o susto duroulle moitísimo. De vez en cando, pola noite, lembrábase de cando o ataron e tiña sobresaltos», dice Higinia, que recuerda que «eran tempos duros». «Non era coma hoxe, pasaba unha cousa e sabías que disparaban pola mínima. ETA estaba en activo e en Galicia tamén ocorrían cousas. O Exército Guerrilheiro atentara en maio contra o chalé de Fraga e ao ano seguinte matou a un garda civil de Irixoa», recuerda la mujer de Constantino, que cree que se salvó «ao facer o que lle mandaron».

La Voz entrevistó al protagonista la tarde siguiente

ÁLVARO ALONSO

Unas horas después del secuestro, un periodista de La Voz consiguió hablar con Constantino López, al que un fotógrafo del periódico inmortalizó durante la reconstrucción de los hechos. Entonces, contó lo ocurrido con tanto detalle como lo hace ahora y acabó siendo «la noticia del día en Pontedeume y el centro de todos los comentarios, tanto de los clientes que acudían para tomar un taxi, como de los vecinos que lo conocían y pasaban por la parada», explicaba el redactor.

Al día siguiente, la delegación de Ferrol de La Voz recibió una carta a través de la cual el Exército Guerrilheiro reivindicaba la autoría del atentado contra la estatua ecuestre, donde especificaba que se había llevado a cabo a las 4.30 horas y se autocriticaban por no haber logrado derribar la efigie. En julio de 1987 ya habían provocado un atentado en el mismo lugar y en octubre de ese año, otro en un establecimiento bancario de la misma plaza de España.

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