El quepis

José Varela FAÍSCAS

FERROL

En el paseo mañanero, recordé borrosamente alguna escena de una película de mi adolescencia, Beau gest, una historia que fue filmada en varias ocasiones, por lo que me sería imposible precisar de qué cinta se trataba. La imagen neblinosa, en todo caso, desecha la de Gary Cooper y la de Telly Savalas. Más que las tribulaciones de unos mitificados soldados mercenarios alistados en la Legión Extranjera acantonada en el protectorado francés del norte de África, lo que me refrescó la memoria fue la imagen del quepis con faldoncillo blanco para proteger la nuca con el que se tocaban los legionarios: estos días desde primeras horas, el sol muerde como un perro de presa el cogote de los paseantes. El frescor del rocío en la carretera que siluetea el litoral entre Pantín y Valdoviño, por la que camino, no mitiga la dentellada. Y el aire, en ese momento está limpio en las zonas media y alta de la atmósfera; el polvillo blanco que se deposita de madrugada como vaho en el fondo del valle todavía no ha ascendido hasta convertirse en un humo blanquecino muy difuminado que ocupa todo el espacio. El velo que empaña el aire se va adensando conforme aumenta la distancia, y, al fondo, la punta Chirlateira apenas se contrasta, no digamos ya la Candieira, detrás de la Ardilosa y la Falgueira, emborronada por completo y fundida con la bruma. También la raya del horizonte desaparece, y en la llanura azul intenso del mar calmoso a esa altura del día, como alfileres, un par de espigados triángulos blancos, las Marconi de dos veleros avaros de ventolina. El perfume marino que trae la brisa parece recordarnos que, con todo, los veranos en estos pagos son una bendición.