Memoria del corredor de fondo


El atletismo gallego está de enhorabuena. Ha cumplido, oficialmente, cien años, que se dice pronto. Un siglo entero como deporte federado. Porque fue en 1921 -y más concretamente el día 27 de marzo de ese año, en los locales de la coral La Oliva, en Vigo- cuando se constituyó la federación gallega de lo que se ha dado en llamar, quizás para diferenciarlo del deporte rey, el rey de los deportes. Una federación que desde ese momento sirvió de marco institucional a las competiciones que, ya por aquel entonces, se celebraban en Galicia con una cierta regularidad. Ha pasado mucho tiempo, sí. Los calendarios, y ya no digamos los relojes, son corredores muy rápidos. Hoy el atletismo gallego, presidido por el olímpico Isidoro Hornillos, vive una nueva edad de oro, con estrellas como la triplista Ana Peleteiro, la lanzadora de peso (mugardesa, por cierto) Belén Toimil y el mediofondista Adrián Ben. Y brilla internacionalmente por sus medallas y por su marcas. Pero también, como siempre ha brillado -y de eso quería hablarles-, por su corazón. Ferrol es, como saben, una ciudad en la que siempre se le ha querido mucho al atletismo. Y otro tanto podría decirse de la comarca entera. De aquí han salido, desde los tiempos en los que en todo el país no había aún ni una sola pista de material sintético, atletas que destacaron en todo tipo de pruebas. Tantos, que sería imposible citarlos a todos. Pero hay alguien a quien no me resisto a mencionar. Sabiendo, además, que al recordarlo a él cito al atletismo de Ferrol en su conjunto, porque él fue un símbolo, en sí mismo. Hablo de Quincho, del gran Joaquín Romero, atleta en aquellos tiempos terribles en los que a menudo los fondistas corrían con alpargatas y llegaban con los pies destrozados a la meta. Hasta el final de sus días fue siempre un hombre entregado a los demás. Un dirigente vecinal que dedicó años y años a ayudar a los más desfavorecidos y a luchar contra el tráfico de drogas. Jamás tuvo miedo. A nada. Por eso, al hablar de estos cien años del atletismo gallego, yo quiero acordarme de Quincho y de cuantos han sido como él. Porque el atletismo, donde conviven la épica y la poesía, es, más que un deporte, una escuela de vida en la que aprendes que raramente se gana, que casi siempre se pierde, pero que hay que continuar. Sin bajar la cabeza frente a la adversidad. Porque la victoria, al final, es lo de menos.

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