Estados de ánimo


Ferrol

Gely, amiga de mi mujer y lectora fiel de esta columna dominical, dice que últimamente encuentra mis artículos más pesimistas que en épocas anteriores. Y posiblemente tenga razón. Porque uno vive la realidad en la que estamos inmersos y, la verdad, no encuentra muchos motivos para ser optimista. Ahora mismo la esperanza está depositada en una vacuna que nos puede traer un arreglo a este gran problema que genera el covid-19, pero nadie puede aventurar que sea la solución definitiva. Hay que creer en la ciencia y agradecer el esfuerzo que han hecho para encontrar el antídoto contra la epidemia; hay que tener confianza, pero también hay que ser realistas y pensar que semejante desgracia no se arregla así de repente. Y mientras alimentamos esa esperanza, seguimos viendo cómo muere la gente, tanta que ya no sabemos ni contarla; cómo hay miles de nuevos infectados cada día; cómo no podemos reunirnos libremente en una cena o comida familiar; cómo parece que nos hemos quedado sin amigos, pues la relación más personal es por teléfono o por WhatsApp…

Con el rebrote de la segunda ola de esta pandemia, recordé un libro leído hace unos años, muy polémico en su momento. Volví a hojearlo, y ahora su mensaje resulta mucho más preocupante que entonces. Se titula El informe Lugano. Sobre la preservación del capitalismo en el siglo XXI. Su autora es la filósofa americana Susan George y en el epílogo dice que este relato novelado está basado en hechos reales. El libro da cuenta de un supuesto informe que unos expertos redactan para una élite económica y política, que es, realmente, la que dirige el mundo actual. En él advierten que el capitalismo global está en peligro. Cualquier quiebra financiera de una multinacional traería consecuencias devastadoras para la economía mundial, como ya ocurrió en 2008 con el Lehman Brothers. El capitalismo consiste en asegurar la felicidad para todos, pero con tantos productos y bienes de mercado, y cada vez menos compradores solventes por los bajos salarios, ese señuelo ya no funciona. Y todo ello agravado por una superpoblación mundial de 8.000 millones de habitantes sobre la tierra. Según ese informe, el sistema capitalista ya no da para más.

Y aquí viene lo realmente preocupante: las excelencias del capitalismo podrían hacerse realidad si la población no excediese de 4.000 millones de personas. Así el sistema funcionaría a la perfección: habría trabajo para todos, se erradicaría la pobreza y todo estaría bajo el control de esa élite política y económica. En consecuencia, aquí sobramos ¡4.000 millones de seres humanos!, empezando por los más viejos y por los más pobres, y el exterminio de tanta gente tiene que comenzar antes de que, definitivamente, colapse el sistema. Y uno, viendo las calamidades de este presente, ya no sabe qué pensar. El coronavirus es el último en llegar a este escenario amenazador, y visto el estropicio que está causando en todo el mundo, parece que viene muy decidido a cumplir su cometido.

Con todo este panorama delante y con la preocupación de lo que aún podría venir, creo que nadie medianamente sensato puede escapar de un pesimismo que deja huella en lo que se dice, en lo que se escribe y hasta en la forma de ser uno mismo con la mascarilla puesta. Aunque te adelanto, Gely, que algo he avanzado, pues desde que Salvador Illa dejó de ser ministro de Sanidad, noté que mi estado de ánimo mejoró bastante. Así que, a pesar de lo dicho hasta aquí, espero y deseo para todos un ¡Feliz año!

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