Velo de nostalgia


Son palabras de aquella «Lisboa Antigua» (ya la cité otras veces) que mi madre cantaba cuando trenzaba el pelo de sus hijas. No sé explicarlo, pero, como mi admirado Carlos Cano con Cádiz y La Habana, diferencias al margen, recuerdo la Lisboa que viví, hace años, y veo un Ferrol cubierto con ese «velo de nostalgia» que hoy, además, esconde la tristeza de tantos ciudadanos resignados, o eso parece, a ser reliquia de un esplendor que muere, poco a poco, víctima de una grandeza que fue lo que fue porque navegamos con el viento a favor… Pero olvidamos que, aunque funcionarios y una parte de los pensionistas podamos sentir la nostalgia como un poético recurso para sublimar la tristeza, gracias a la seguridad que supone estar en la nómina del Estado, hay miles de personas que viven con la permanente amenaza de que se rasgue ese velo que, en su caso, esconde: el abismo de la ruina, de la pobreza, de la exclusión.

Recuperar la dinámica económica y social no será posible si no salvamos el tejido económico más desprotegido. Aquel que habla con solo un altavoz: el de su desesperación al contemplar que casi todo se centra en sus negocios, pequeños o como mucho medianos, a la hora de restringir… Hay que darles altavoces y recursos. Y una respuesta cívica contundente ante un Gobierno, aunque se ponga de espaldas y haya tapado, con el velo de la alarma, el Parlamento, que ya no es del pueblo sino de los taifas, que cabalgan con saña sobre un proyecto de convivencia y concordia (que eso es la Constitución del 78). Se oyen voces que nos llaman a responder. Porque aún es posible rescatarlo del derribo.

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