El alma liberal de Doña Concha


Ferrol

El siglo XIX había comenzado prometedor. Los españoles nos independizábamos de los franceses y constituíamos unas Cortes Generales en Cádiz. En marzo de 1812 se aprobó La Pepa, una Constitución de tendencia liberal muy avanzada para la época. Permítanme recordar, una vez más, que en aquellas Cortes hubo destacados ferrolanos diputados por la provincia de Betanzos: José Alonso y López Noval (el de la calle de Canido) y Luis Rodríguez del Monte, entre ellos. El llamado liberalismo ilustrado, heredero de los grandes principios europeos inspirados en la Razón, la Ciencia, el Humanismo y el Progreso, había calado en los periódicos, cafés, academias y universidades. También en la milicia, como fue el caso de Ángel Arenal, compañero de armas e inquietudes del general Espoz y Mina. Y en eso nuestra España de la mala sombra tropezó con un rey felón, Fernando VII, que armado de una ideología reaccionaria se encargó en muy poco tiempo de disolver las Cortes de Cádiz, derogar la Constitución, reinstaurar la Inquisición y devolver el poder a los clérigos ultraconservadores, nobles absolutistas y demás partidarios del oscuro antiguo régimen. Ángel Arenal, padre de Concepción, sufrió como los demás liberales acoso y persecución, que pagó con su destierro en Leiro. Falleció en 1829, cuando Concha tenía sólo nueve años, pero su influencia e ideales acompañaron a la esclarecida pensadora toda su vida.

A Concepción Arenal Ponte se la encuadra en las biografías contemporáneas como liberal y católica. Su vida y su obra se apoyaron además en el humanismo, el feminismo y cierta dosis de rebeldía. Recordarla es hacer presente la imagen de una alumna que se hizo pasar por hombre para poder estudiar Derecho, aunque esta triquiñuela no durara mucho, la descubrieran pronto pero le permitieran asistir de oyente a las clases. Se casó con Fernando García Carrasco, abogado y escritor, con quién compartía la tarea de escribir artículos en La Iberia, Diario Liberal de la tarde. Su marido falleció de tuberculosis cuando ella tenía 37 años, en 1857, pero doña Concha continuó escribiendo con su nombre Concha Arenal de Carrasco hasta que otra ley retrógrada se lo impidió. Su carácter fuerte y decidido le llevó a su etapa de mayor creación. Publicó Manual del visitador del pobre, Oda a la esclavitud, Cartas a los delincuentes, La ejecución de la pena de muerte, La mujer del porvenir, y otras muchas obras. En 1871 comenzó una larga colaboración en la revista La Voz de la Caridad.

Obras que, dicho sea de paso, jamás se incluyeron en los programas de aquellos alumnos que en los pasados años 70 estudiamos el bachillerato en el entonces Instituto Masculino Concepción Arenal. Ni una sola mención a doña Concha.

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