El atletismo

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

17 ene 2020 . Actualizado a las 21:26 h.

El éxito y la victoria no tienen más valor que el que quieran darles quienes los codician. Las cosas verdaderamente importantes no suelen estar en la meta, sino a lo largo del camino. Y esa es una de las razones por las que siento tanta devoción por el atletismo, cuya pasión late en mí desde que era niño. Porque el atletismo no es un deporte más, sino una de las más hermosas maneras de habitar este mundo, puesto que simboliza, antes que el afán de superar a otros, el deseo de ir más allá de los propios límites, la constante lucha contra uno mismo. Las gestas que más me han conmovido no llevaron a nadie a lo más alto del podio. Admiro inmensamente a los grandes mitos del atletismo mundial -Jesse Owens, Zatopek, Tatiana Kazankina, Carlos Lopes...-, todos ellos campeones olímpicos y, además, ejemplos a seguir en mil sentidos. Pero, frente al mito, cuyo brillo ilumina todo cuanto nos rodea, prefiero la calidez de las leyendas, que habitan en nuestro propio corazón y en nuestra capacidad para emocionarnos y en nuestros recuerdos más queridos. Yo, como los amigos bien saben y como más de una vez he escrito, admiro especialmente a Mariano Haro, cuatro veces seguidas subcampeón mundial de cross y cuarto en los Juegos Olímpicos de Múnich. Y a José Manuel Abascal, bronce en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. El oro no es lo más valioso que ha creado Dios, por mucho que brille. No hay atleta, sobre la faz de la tierra, que no sea, además de un deportista, poesía. Cosa que más de una vez he hablado con mi amigo Isidoro Hornillos, que por cierto fue, fuera de la televisión -y todo sea dicho de paso-, el primer atleta olímpico que vi en mi vida.