Los malos


En estos momentos, las truchas huronean y escudriñan el lecho del río para seleccionar el lugar idóneo como frezadero. En la latitud en la que habitamos, el desove de los salmónidos es inminente. Esta fase del ciclo vital en la ictiología fluvial decae, mengua de forma imparable desde hace años. Los pescadores aficionados penamos en tiempo de veda; lo que viene a ser un interregno de melancolía y aun de nostalgia si se repara en qué devinieron las poblaciones de peces de aguas continentales. Esta semana, La Voz ha desarrollado un despliegue inaudito en la prensa generalista sobre la crisis de la pesca fluvial, amplificando la voz de expertos, deportistas, diletantes y responsables gubernamentales en la conservación del medio ambiente. De su lectura atenta puede obtenerse una visión panorámica del estado de la cuestión: un colapso asociado al deterioro de los ecosistemas fluviales, vinculado, a su vez, a una variada y múltiple causalidad. Como soy de natural pesimista y creo identificar la actitud de la Administración como la del caballo: sensible a la espuela de quien lo monta e inmisericorde con la hierba que pisan sus cascos, me atrevo a vaticinar cuál será el próximo movimiento de la Consellería de Medio Ambiente en este terreno, y no me corto en proclamarlo: reducir el número de capturas por pescador y jornada de pesca. Y, al mismo tiempo, expongo una duda: ¿por qué, si son los pescantines los malos de la película -nada se hablará de la agricultura con sus purines y sus fertilizantes y sus glifosatos, de las hidroeléctricas, de la industria, de las depuradoras (?)- disminuye el número de truchas en tramos vedados y cotos de pesca sin muerte?

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